LOS DIVINOS PARIAS DE CARTAGENA

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Juan Eladio Palmis | Opinión | Cartagena | Generalmente la miseria más ruin y miserable de la condición humana ha florecido silvestre como amapolas, en los que con insistencia propia de ellos hemos tenido que denominar alto clero y alta nobleza. Y, para no ser menos, en Cartagena existe una tremenda hipoteca social colectiva, que ha arrinconado medievalmente al pueblo, patrocinada y dirigida por los “Altos” parias cartagineses, de apellido “amichis”.

Aunque su insensibilidad es manifiesta, y se pueden permitir el lujo de ver repantigados en el sofá películas tan impactantes y verdaderas como la libanesa Cafarnaúm, visionada días atrás por la dos de televisión (puede que la única tele medio española), y que servidor no pude visionarla entera pero quedé impactado tan solo con un pedazo de ella, el hecho de que todo ese mundo exista, está a la vista, (servidor lo ha visto), y nadie movamos un dedo en solucionarlo, y se aplauda a la Otan y al sonido de las campanas, dice mucho en la realidad diaria que nos ha podrido, y echamos peste por encima de uniformes, sotanas, trajes a medida, o chaquetas de pana.

Los exteriores de Cafarnaúm, se puede ver a ráfagas en Cartagena, donde los bajos comerciales que nunca más van a albergar negocio alguno, el ayuntamiento debería, en vez de gastar un dinero público estúpido en belenes y alumbrado público festivo, adecuarlos y autorizarlo para viviendas sociales, que hacen mucha falta.

Y desde luego, el tremendo gastazo del Mayor Robo en una Plaza y lo que colea, que, de una vez por todas, alguien medie y entienda que el hecho de que haya gente que pague seis euros por una “servesica”, en una ciudad de más de doscientos cincuenta mil habitantes, el diez por ciento, todos juntos en la explanada del muelle pueden dar una idea falsa de la realidad social de Cartagena.

Hace muchos años que no se mira hacia los necesitados. Hace muchos años que se habla de lo caro que esta la vivienda, pero los amichis del ladrillo, le prohíben al ayuntamiento y a la cortijá en general, toda medida social que disminuya el volumen de sus cajas fuertes. O que el gobierno le pregunte, que para eso está, a los intermediarios del aceite de oliva qué cómo va la guerra contra la plaga, que, al parecer, se ha comido todas las olivas de España, y no se puede hacer aceite. Y de ahí que se venda a cinco euros el litro de un líquido amarillento, verdoso, ante la indiferencia de nuestros gobernantes que dicen que no tienen competencia alguna para evitar el robo descarado o el despilfarro de dinero público convertido en un poderoso Amazonas Guadiana.

Las ráfagas de Cafarnaúm cartaginés, en la que nadie mueve ni un dedo respetando el honrado y honorable trabajo de nuestros antepasados cercanos, que a base de carro y mulas rellenaron la parcela sur extramuros de la ciudad, en la que ahora se están cebando a millones guadianas, con toda impunidad, políticos y amichis, que sienten un profundo placer, al margen de un profundo desprecio por niños o mayores del estilo del moderno Cafarnaúm, muy alejado de las milongas bíblicas, es una pestosa realidad que le quita la posible luz al alumbrado festivo.

La película de la decadencia cartaginesa, con ráfagas de Cafarnaúm hasta en el corazón especulado y robado a los más débiles en su corazón urbano; que después se desparrama por los cuatro puntos cardinales de la ciudad, tres de ellos urbanos y el cuarto, o sur, el basurero que están haciendo de la mar, se lo debemos al voto cautivo pancista cartaginés, que, al mejor dicho del que se pega un tiro en su propio pie, votación tras votación vota inútiles fascistas bajo variadas banderas.

Lo mismo que no llegué a ver la película Cafarnaúm porque me retorcía contra todo en mi sillón, espero no ver ningún partido del mundial de futbol; no porque Qatar sea una dictadura, que ya lo sabemos todos, sino porque es la dueña de Iberdrola y nos están jodiendo con los recibos de la luz.

Salud y Felicidad sin Otan. Juan Eladio Palmis

Ilustración: «Los Miserables» – Víctor Hugo. Edición: Juan Sánchez.