BLANCOS BLANQUITOS – J.E. Palmis

Juan Eladio Palmis | Opinión | Cuando uno corretea por las tierras africanas pobladas de negros, la primera conclusión a la que llega es qué pijo hacemos los blancos por aquellas tierras injiriendo, en plan chulo y fascista, en el día día de unas gentes que ni nos han pedido auxilio, ni quieren que les enviemos más “resignadores”, los llamadas desde aquí misioneros.

Un resignador, lo que aquí se venera como misionero, es un puñado muy grande de gentes enviadas por el blanco blanquito para que aquella gente de piel negra u oscura, se resignen a ser puteados y agradezcan la suerte que han tenido de vivir en la pobreza miserable, la peor de las pobrezas, con la tremenda suerte de que cuando se mueran no tendrán papeletas ningunas para ir al cielo, mientras que los blancos blanquitos tendrán que comprar bulas y donar dinero para ir al mismo sitio celestial donde los pobres, ellos, van, al dicho de los resignadores, del tirón y vuelo.

Con los resignadores, el cochino capitalismo del mundo, duerme tranquilo, porque todo está controlado, y más que controlado, y las sandalias chancletas de dedo de tiras de goma, siguen siendo un logro social en un continente que camina descalzo donde sigue siendo una gran putada que la cigüeña te descargue por aquellas risueñas tierras, donde los blancos estamos redimiéndolas un chorro de siglos, con una rentabilidad social de producir miseria incalculable.

Entre las pateras y las cuchillas modelo opus-pus de las vallas fronterizas, más lo cómodo y sádico que resulta estrujar a un pobre de la tierra, mientras se cae la baba cuando pasa una excelencia con el avión o el helicóptero por encima de la frontera, todo un conjunto social diseñado y aceptado desde el lado de la culata de las armas, es aplicado con la bendición de la llamada justicia y de los abundantes santos que están redimiendo un grupo social que nacen de color negro como castigo del dios blanco, que hace todo lo que puede, y puede mucho, en joderlos.

Personalmente sería feliz si una avalancha no de dos mil, sino de doscientos millones, en África hay injiriendo muchos más de blancos de la cifra expuesta, agarrados de la mano, subieran, perdiendo grados en la latitud austral y ganando en la del norte, a redimirnos a nosotros de tanto parásito como nos han eliminado hasta la sonrisa; y ya que nosotros no ponemos ningún remedio a los “simpáticos” genocidios de miserias diarias que les proporcionamos, nos lo devuelvan calientes a nosotros.

La política de España, no es que sea de vomitorio de los parásitos romanos, sino que ha logrado a pulso ganarse ser el país que mejor le sujeta el jarrillo para defecar a los EE.UU. y al resto del mundo sajón, y nuestros queridos partidos políticos, ya a cara descubierta, nos están llevando a la pobreza y a la angustia vital sin pensar que ellos tienen familias y todos no están, como la inmensa mayoría de ellos, robando del cajón del dinero público sabiendo que están protegidos por la paz y la democracia Otan, cuyo fin primordial es que los patios suyos, España entre otros muchos, estén lleneticos de chulerías injustas capitalistas.

Cartagena, con su Trinca y su Lorzas a la cabeza, son el exponente más claro de que al león, cuando no tiene dientes para morder y solo lame, no se le puede echar carne. Pero como hay que seguir fiel al refrán de que al león hay que alimentarlo, se le da mucho jolgorio que deje margen para la sisa municipal que todo lo puede y contamina.

Y cuando se acabe el jolgorio, hasta hoy mismico, no ha pasado nada. Y, en vez de irse cada mochuelo a su olivo a rendir cuentas, se están yendo de rositas entre sonoras carcajadas y propiedades.

Salud y Felicidad sin covid-22 Juan Eladio Palmis.