James Ellroy: Pánico

Por Ye una Praviana

La Dalia Negra y L.A Confidencial son las obras más conocidas del autor americano James Ellroy (Los Ángeles, California, 1948), llevadas al cine con gran éxito y convertidas en ejemplo de novela negra ambientada en el Hollywood de los 50. Ellroy, que continúa la evolución de la novela policial iniciada por Dashiell Hammett y Raymond Chandler en la década de los 30,

forma parte del selecto grupo de creadores americanos de novela negra, capaces de recrear los ambientes, cargados de nicotina y whisky, en los que personajes como Sam Spade, Philip Marlowe o Freddy Otash mercadean con la mala y la buena reputación.

Estrellas de cine, policías corruptos, investigadores, extorsionadores, actrices, matones y mercenarios del incipiente negocio de la desalmada “prensa del corazón”, comparten espacio en el fango de la fama, poniendo precio a los escándalos sexuales y a las honorabilidades amenazadas, fabricando falsas pruebas capaces de hundir carreras, encumbrando a unos y difamando a otros, desde el borde de la legalidad, entre los bajos fondos y las grandes mansiones de Beverly Hills.

James Ellroy cuenta en Pánico los recuerdos de la vida al límite del personaje real Freddy Otash, al que conoció personalmente. Se dice del detective más famoso de los años dorados de Hollywood que fue la última persona que oyó respirar a Marilyn Monroe, al otro lado del teléfono. Su figura inspiró personajes como el que interpreta Jack Nicholson en la película Chinatown (dirigida por Roman Polanski en 1974), un modelo de investigador privado experto en trapos sucios y escándalos mediáticos, con amigos hasta en el infierno, pocos escrúpulos y capacidad para salir airoso de multitud de asuntos turbios.

En primera persona y utilizando siempre un estilo literario a base de frases muy cortas y directas, la novela se siente como una larga confesión, con poco de arrepentimiento. “He pasado veintiocho años en este puto infierno. Ahora me dicen que si rememoro mis malandanzas y las escribo, podré salir de aquí”.

Dividida en tres partes –“Extorsión”, “Perro pervertido”, “El piro”-, Ellroy usa siempre una economía del lenguaje exagerada para ofrecer un relato que se compone de frases duras, ambiguas y cortantes, sin adornos ni censura, cargadas de jerga y armadas en pretérito perfecto simple. “El papá tejió el tinglado en torno a Robbie. Le legó su patrimonio de proxeneta. Yo conocía el método de la Metro. Los encargados de reparto reunían y tomaban bajo su tutela a cierta clase de chicas. Eso era la flor y nata del ñaca ñaca deluxe”.

Desde 1949, cuando formaba parte del departamento de Policía de Los Ángeles, Freddy Otash comienza a compatibilizar su empleo con otros trabajillos más rentables. Jefe de seguridad en salas de fiestas, proveedor de armas o drogas, escolta personal, confidente, “Rey de la Extorsión”. El tipo conduce un Cadillac y desayuna anfetas, mientras conquista una posición privilegiada desde la que dominar la ciudad. De Sunset Boulevard a Los Feliz, extiende un territorio en el que difícilmente se mueve una mosca sin que él lo sepa.

En 1953 recibe un telegrama. Robert Harrison, director del Confidential, anda buscando un hombre familiarizado con los secretos de los famosos en la ciudad de Los Ángeles. No hay candidato mejor que Otash, apodado Gestapo Otash, con pocos escrúpulos y capaz de alimentar las rotativas con tórridos titulares y carnaza fresca de dudosa calidad.

Todo es acción, trepidante y desenfrenada acción que llega a extenuar al lector. Frases tan cortas como un disparo, esquemáticas, casi onomatopéyicas, para relatar jornadas agotadoras de vigilancia y citas secretas con un sinfín de personajes que pueblan este universo hollywoodense por el que también transitan famosos como Liz Taylor, Rock Hudson, James Dean, Marlon Brando, John F. Kennedy, J. Weissmuller o Gary Cooper.

Irónico y descarnado, Ellroy ha regresado con Pánico, traducida por Carlos Milla Soler, para demostrarnos porqué se le considera un maestro indiscutible de la novela negra contemporánea. A sus 74 años ha vuelto a inspirarse en Los Ángeles, aquella ciudad mítica en la que creció, para sorprendernos con su personalísimo estilo y su capacidad para rememorar, de nuevo, las escenas que ya forman parte de nuestra herencia cultural.

  • Soledad Garaizábal