NECESITAMOS FUMAR PORROS Y BESARNOS – Cano Vera

COLLEJAS

José Juan Cano Vera | Esta tarde, a la caída de la luz que adoro, necesito escribir, es como una droga que me facilitan gente que quiero, mis dos camellos JOTA PONS Y JOTA SÁNCHEZ ¡¡que dios los bendiga, si es que existe viendo el volcán!!

Resisto, que no es poco, en mi fortín amurallado de LAS TORRES DE COTILLAS o apalancado en el bar redondo de Bea y sus tertulianos proletarios en paro, pensionistas de dominó diario pretendiendo ahorcar el seis doble de la política entre blanco y negro de las fichas sonoras. Y jóvenes y jóvenas que galopan en motos ruidosas, airados, y residentes en los hogares de sus abuelos o padres, sin un puto euro en los bolsillos secos como la mojama ¡¡pobres míos, zagales en marcha buscando el consuelo de los botellones que montan las mafias a la sombra  del cielo protector del alcohol!! Me iré quizás lejos del vecino que odia a los perros, y  dice que mi  casta cuidadora no tiene buena imagen, la cuarta que tengo y aún no me sugerido ducharme, que fuma porros, que se recomienda para paliar el dolor o la llama viva del cáncer. Y le acusa de ser gruesa y alta, argumento fariseo y populista del feminismo radical  que estilan las flacas y raquíticas del Gobierno, en el que sobresalen las ‘gordis’ Calviño y Margarita Robles, mis preferidas.

Más allá, mi peluquero Abdelkader, inmigrante de rostro amable y sin su mujera, esperando, y es que soy, en el fondo, un sentimental en la sierra rifeña, el euro europeo, peligroso, navegando a la deriva. Y cerca, a dos pasos cansinos, la tienda de mis amigos marroquíes, donde un congoleño y un argelino se entienden en lengua española vituperada por nuestros mercaderes y desertores, atrincherados en regiones millonarias. Ellos me llaman ‘jach’, algo así como maestro de la Meca, yo, hermanos,  soy, en el fondo, un  buenista cuando el sufrimiento es crueldad de una  dictadura coronada.

MILA, en cambio, le tiene miedo a los negros o estar sola en un cine vaciado, sin espectadores, algo me ocurre en tanta soledad. Me pide irnos de Las Cotillas, de alcalde frio siberiano, a la playa o fugarnos, me niego. Sería al Mar Menor, allí me tendría que vestir de luto. Más negro o muerto, ni hablar, ya es suficiente con el alma de un país oscuro que después de la juerga multitudinaria del verano ahora  entra en la sexta ola del virus que ataca disfrazado de turista.

WOODSTOCK – 1969

Me encantan las tiendas morunas, de aldeas y barrios donde te saludan de mañana, y no esos supermercados de congelados, impersonales, abusando en los precios disparados, la tormenta perfecta de tarjetas de falsos créditos que te joden a finales de mes. Te alquilan ellos y sus socios los bancos, esas cuevas ingratas que ya son corralitos argentinos de intereses infinitos.

Me refugio en la lectura y en la música, el bálsamo ignorado en la pandemia silente, gris, mustia, callada y especialmente inculta, por ello es un imponente detalle que VEGA MEDIA PRESS haya otorgado su premio anual a la CORAL DISCANTUS, silenciada por los tristes de los medios de comunicación y los tenores y sopranos de los partidos sin ideas ni imaginación. Sí, una Democracia sin cultura está condenada al fracaso, como la vida misma sin el calor del amor de todos los colores, ese terremoto que se refleja a la perfección en el hermoso libro LOS BESOS, escrito por el genio que lo receta, MANUEL VILAS, que dice: «AQUI soy libre, aquí tengo una relación con otro ser humano en donde no hay intereses mezquinos. La novela salva ese territorio de la intimidad, del sentimiento, de la emoción amorosa, como lugares donde no entra el ruido, aquí, yo estoy a solas con la vida. Sin una fortaleza amorosa la vida  es nada, no vale la pena. Da igual tener 20 años, 40, 60, 80, el deseo de amar no envejece».

No sé si es inocencia o ingenuidad, pero me apunto a mis 85 años, viudo de oro y con  suficiente imaginación o fortaleza azul. A pesar de mis dudas. Anochece antes, luego el 31 de octubre nos cambiaran el horario que no es el nuestro. Lo aprovecharé para que la noche  sea corta, como una caricia sin paradores de sueños, volando como una gaviota besando el mar.

Portada: «La Pareja» – Concierto de Woodstock – 1969