AQUELLA CARTAGENA AMABLE – Juan E. Palmis

Juan Eladio Palmis | Opinión | Cartagena | Había una Cartagena amable, entrañable, a rebosar de marineros y de soldados que, en su generalidad, no llevaban cara de trincheras o de guerras o de rencor alguno, por fuera de la nostalgia a la zagalica dejada en el pueblo, pero detenían con insistencia sus jóvenes miradas en las muchachas que pasaban por aquel corazón ciudadano que era, a la hora del paseo, la Calle Mayor y el paseo de tierra entrañable del Puerto.

Olía a legumbres y bacalao en comedio de la calle del Carmen al pasar por los almacenes Balsalobre; mientras se podía escuchar el tintineo de alguna moneda que estaban probando su autenticidad de curso legal contra una losa de mármol en el estanco cercano, mientras uno seguía, si te dejaban los amigos que te tropezabas, seguir paseando.

Por allí, por las Puertas Murcia, junto a un escaparate de ropa elegante, que no estaba por precio a muchos alcances, había un comercio de coloniales exquisitos; las legumbres mejores de toda España, y si lo eran de España lo eran del mundo entero; unas latas de conservas únicas; unos embutidos insuperables, en una tienda que se fue detrás de aquella Cartagena amable, que no es que se fuera, es que la empujaron y la echaron fuera algunos granujas especuladores para que se marchara y ellos hacerse ricos, aunque todavía, a pesar de los años, se les note en la comisura de los labios los surcos de los mocos colgando.

Calle Mayor, años 70 – Imagen por Gentileza de “Cartagena Antigua”

En la Calle Mayor había bares de los que parece que los vasos en los que sirven la bebida, no se acaba nunca; porque te sentabas y duraban llenos el paso de muchas zagalas; una las esperabas ver pasar y otras pasaban y ni miraban, pero sabían que las mirabas, en aquellos días de muchas menos necesidades cuando prácticamente todo se pronunciaba en español, y los embarcados, junto a los marineros y tropa al descuido, subían las cuestas del Molinete: un barrio de prestigio ganado a sudor y arresto, a vigilancia militar burlada, en correntillas con las duras botas; en una Cartagena que tenía el presente que tenía, pero nadie dudaba que no tenía futuro alguno, que es, con tanto salvador y programa, lo que nos está pasando ahora.

En aquella Cartagena amable, mirabas hacia adelante, y te comías el mundo futuro, porque el presente estaba bueno. El franquismo, que por aquel entonces comenzó a avergonzar, dejó de hacerlo cuando llegaron dándole golpes en la espalda de está todo muy bien hecho y confianza los barcos de la flota Usa, grandes amigos, decían y repetían, de España y de Franco, y lo mantuvieron hasta que se hizo viejo, nada de tapándose la nariz como quieren publicitar ahora, sino porque el franquismo y el fascismo Usa siempre han dormido en la misma cama.

Había una Cartagena con una experiencia centenaria de construir grandes y excelentes buques, que despertaba la admiración en el mundo entero, y por eso la degollaron, la dejaron de cuartel de invierno, de empresa de reposo de sectas religiosas y políticas; y, de golpe y después poco a poco, todo está quedando en miseria y abandono triunfalista a base de dinero público para publicitar el humo que, como en un alarde cartagenero, vuela.

Y de aquella Cartagena amable, de coloniales sin colonias; de tiendas y comerciantes amables, todo, poco a poco, algunas cosas a lo burro, se fueron torciendo, porque muchos entendieron que la democracia era robar, y, como no les pasó nada, ni les pasa, todo se hizo democracia que es lo que ahora se disfruta en una Cartagena extraña, ajena, muy lejana de aquella Cartagena que a puntapiés la echaron del baile amable unos que se autodefinieron modernos; pero que son incultos, mala gente, que comenzó a poblar las calles y a vivir del cuento, y dominan por entero la ciudad.

Cuando la evoco me pongo triste, no porque cualquier tiempo pasado para el recuerdo fue mejor; sino porque la dignidad del cartagenero se quedó enrollada en un barullo semejante a como amontonaba los papeles de la calle Juanico en las ventanas del Parque de Artillería.

Salud y Felicidad sin covid. Juan Eladio Palmis.