Y UN PUTICLUB EN EL PUERTO DE CARTAGENA, QUÉ TAL 

FOTO: “LA CASITA DE LA GLORIA”

Juan Eladio Palmis | Opinión | Política | Figuraros, especialmente los que todavía están en edad de atender los deseos de lo que llaman pecar, lo cómodo que hubiese estado en los grandes puertos petroleros o los comerciales colocar un elegante puticlub para atender las necesidades de, por ejemplo, los doscientos o trescientos barcos que muchos días amanecíamos por Rotterdam, o de los treinta o cuarenta petroleros que a veces fondeados esperábamos boya de carga de petróleo crudo.

Seguro que más de una mente pensante se lo propondría a las Juntas de profesionales que gobiernan los puertos, que, a diferencia de España, no son mecenas de asesores políticos, ni tienen más actividad que, en lo que es la servidumbre portuaria, realizar edificios y obras que redunden en beneficio de la actividad portuaria.

Al organismo Puertos del Estado Español, por lo que se ha visto y se ve en Cartagena, el dinero público no le duele gastarlo absolutamente nada, porque hacer obra y derribar obra, es una actividad y un historial de lo más común, no solo en la parcela sur propiedad de todos los cartageneros, sino ahora en la de poniente, donde se está construyendo un edificio, el popularmente llamado Cate, para que sigan los arriendos, los alquileres, y que se sepa, le dan la categoría de provisional porque en la provisionalidad está el negocio de hacer, alquilar y, después, al uso y costumbre, derribar.

Puede que entre las grandes tonterías que cometemos los que le damos al teclado denunciando asuntos en Cartagena, es señalarlos, porque al final, al dicho, estamos matando toros bravos para valientes que se llevan la carne y la piel para ellos, y el resto de los ciudadanos siguen a sus “servesicas” y pagando impuestos y jornales demás, dentro de una administración local tan desbocada o más que la regional o nacional.

 Del mismo modo que en Cartagena, el Batel, El Aparcamiento, y los demás edificios ubicados en el dominio portuario, sin función portuaria alguna, levantados, y muchas veces vueltos a tirar para generar facturas, nos están dando la pista y el olor de un derroche sin control ni responsables de los fondos públicos, en la construcción del popularmente conocido como CATE, no sabemos cuánto se va a pagar de alquiler cuando se termine el edificio y quién va a financiar la obra.

Pero lo que si ya sabemos los cartageneros, no porque lo hayan publicado o importado a nuestros amados partidos políticos y grupos sociales subvencionados varios, es que en las parcelas municipales propiedad del pueblo de Cartagena que se las robaron al mar dentro de su bahía, se está cometiendo con toda impunidad un trasiego de obras, alquileres, y negocietes ante una apatía social que nos está costando millones cada año.

Uno, dentro de la maldad que significa un Cate, lo vería mucho mejor construirlo dentro de una gran finca, donde ellos, los tristemente “cateados” por el santo capitalismo, pudiera dedicarse a cultivar parte de su propia alimentación, o ponerles talleres para que aprendieran un oficio; pero, en esta sociedad hipócrita que solo le importa la “servesica”, el postureo, y las prosesiones, en el caso de Cartagena, una vez más se ha llevado el gato al agua lo necesidad de encubrir unos gastos políticos que tienen que salir de alguna parte, y que todo apunta que muchos de los euros necesarios probablemente los aporta el Puerto con sus “cerebros” que los asesoran a no se sabe cuánto mensual.

Lo que está ocurriendo en Cartagena solo tiene un nombre, que no lo voy a escribir, porque estoy educado en una escuela pública, sé leer y escribir y las cuatro reglas, y me jode que me tomen por tonto cuatro abusadores sin medida ni control.

Salud y Felicidad sin covid. Juan Eladio Palmis.