«La Encrucijada Suroriental»

  • Va siendo hora de despertar. Es el momento del Sureste…

Antonio Checa | Opinión | A día de hoy, el complicado mapa autonómico no ha logrado cumplir en gran parte con su cometido inicial, y en medio de la mareante sopa  de nacionalismos periféricos, provincias olvidadas aterrorizadas del vértigo que produce la cercanía al abismo de la despoblación y regionalismos históricos ligados a la Cuenca del Duero y las áreas tradicionales de Castilla La Vieja, laten de fondo de forma de resonancias periódicas en nuestra historia contemporánea, voces cada vez más fuertes y sonoras pidiendo solución el cruce de caminos social, cultural y territorial que ha fraguado un numeroso sentir de identidades necesitadas de escucha y comprensión en el Sureste de nuestro país.

Nadie mira a esa esquina tan mediterránea y cálida como la nuestra, sino es para destacar cualidades circunstanciales, superfluas y banales. Anécdotas graciosas, locuras, chistes, mofas, sequías, casos de corrupción, alertas sobrevenidas de ascensos de españolismos centrífugos y extremos, tardíos y ancestrales. Nada serio, fuera del márquetin turístico, parece poder ofrecer el Sureste al resto del país. Un territorio difícil de delinear, geográficamente situado, pero políticamente poco tratado y fracturado, pese a las enormes similitudes que aguardan estos profundos territorios entre sí.

El Sureste casi todo el mundo sabe lo que es, pero casi nadie sabe exactamente lo que es. No hay ninguna demarcación ni institución cuya jurisdicción abarque un territorio de la península con esa denominación, salvo alguna que otra excepción, como la Asociación de Naturalistas del Sureste, cuyo ámbito territorial se ha centrado especialmente en Murcia y Cartagena, reservando para esta denominación un espacio quizá demasiado limitado, y posiblemente también demasiado limitador. Los pocos abanderamientos políticos y territoriales del Sureste tampoco han referido conceptos iguales y exactamente coincidentes.

En los años 70 y 80 hubo quien habló de una Región del Sureste con Murcia, Cartagena, Almería y Alicante. Hubo también unos que sólo hablaron del conjunto de Murcia y Cartagena, y otros que, según los vientos de las circunstancias, a estos territorios añadían o Almería o Alicante. En los años 90, numerosos partidos locales y provinciales se unieron bajo la Federación de Independientes del Sureste (FIS), que pedían una comunidad autónoma para un Sureste más grande y numeroso, pero también más completo y enmarcado quizás en una lógica distinta. Este enorme proyecto, que no llegó a ver la luz, incluía a Andalucía Oriental, Murcia, Cartagena, Albacete y Alicante. Tampoco a un lado u otro de Huércal Overa las percepciones parecen ser iguales: un señor de Cartagena situará posiblemente el Sureste con un encaje distinto al señor de El Ejido o Guadix.

Y como también puede apreciar el lector, este gran topónimo se ha dejado sostener en banderas desgraciadamente poco consistentes, que aguardaban a unos territorios que en líneas generales han sido y/o se han sentido pisoteados, ninguneados y maltratados por sus respectivas administraciones superiores. Los primeros indicios de las profundas raíces que dan vida a más de un denominador común de estas comarcas. Y es que estos territorios tienen en común muchas cosas que los identifican y que podrían unirlos, y no solamente rasgos culturales, sociales, económicos o históricos, o las evidentes huellas levantinas que bañan el conjunto completo de sus territorios, de una punta a otra, de mayor grado a menor.

Son otras señales las que resultan muy llamativas, como los intereses económicos. Poco vertebra a una autonomía del tamaño de Portugal como es Andalucía, cuando la parte oriental y la occidental tienen intereses logísticos y comerciales completamente opuestos: una mira al Mediterráneo, otra al Atlántico. Las miras a la hora de cerrar acuerdos comerciales y promover proyectos estratégicos de gran envergadura cambian completamente. El Sureste, en este sentido, guarda una poderosa ventaja, y es que su horizonte es homogéneo, claro, y, sobre todo, coherente. El acento es mucho más similar entre un señor de Jaén y otro de Murcia que entre uno de Almería y otro de Huelva. Los paisajes tan increíbles y espectaculares cobran también elevados grados de similitud. No habrá grandes idiomas en esta tierra ni marismas, pero sí palmerales de infarto y geoparques de una poderosa apariencia lunar. Si hay un polo industrial y naval en el Mediterráneo español (sin contar el estratégico Campo de Gibraltar) que merezca una importante mención, por su tamaño tan grande en proporción con su área demográfica, ese es Cartagena.

Vaya por delante que este escrito no es ni pretende ser una proclama política ni un compendio de justificaciones regionalistas, pero sí unas cuantas reflexiones libres y desesperantes al aire. Somos una esquina completamente olvidada y ninguneada. Y lo sabemos, somos conscientes de ello. De eso no hay ninguna duda. La administración central se olvida con frecuencia de nosotros, y entre nosotros mismos nos cuidamos bastante poco, hasta el punto de que estamos cruzados y cortapisados(incluso comercial y culturalmente)por las barreras arquitectónicas administrativas de cuatro autonomías, con sus respectivos núcleos de poder bastante alejados de las mentalidades, intereses, realidades y problemáticas más acuciantes de cada uno de nuestros parcelados y desconectados territorios. Buena muestra de ello es la cantidad de abultados sentimientos regionalistas que han aparecido en los últimos años en este tímido rincón: desde la petición de la segregación de Alicante de la Comunidad Valenciana, hasta la reivindicación cartagenerista (que ha ganado las últimas municipales), pasando por numerosas reivindicaciones autonomistas en el Oriente Andaluz. Albacete parece encontrarse bastante acomodada en Castilla-La Mancha, pero su perfil más meridional tuvo las miras puestas en el Levante hasta no hace mucho.

Lo más probable es que no haya un director de orquesta que haya diseñado y prefabricado esta falta de vertebración entre nosotros (o eso quiero pensar), pero esta dispersión de proyectos y objetivos diluye nuestros intereses comunes y nos puede perjudicar bastante, en un escenario cada vez más competitivo, más difícil y de mayor incertidumbre. Sería interesante (aunque sólo se quede en una mera reflexión del lector) empezar a andar un camino conjunto, empezar a pensar en nosotros en un relativo sentido de unidad, de aunar esfuerzos entre nuestras comarcas en un plano abierto, libre y confederal, ya sean sus instituciones, asociaciones o simples particulares los que empiecen a poner su grano de arena con pequeñas iniciativas. De pasar de ser una tierra de límites y fronteras, a otra de unidad de acción completa, coordinada y respetuosa. Porque el futuro probablemente lo demande, porque con nuestro trazado cultural nuestras barreras realmente no van más allá de las señales de las autovías. Porque tiene sentido, lógica, coherencia y cierto bagaje socioeconómico en la Historia. Porque podemos, lo merecemos, y estamos en democracia. Va siendo hora de despertar. Es el momento del Sureste.