El bueno de Pablo está más feliz que una perdiz ejerciendo de vicepresidente “in pectore”

Gabriel García Sánchez | El individuo en cuestión, a la sazón Pablo Iglesias, a lo largo de su corta andadura política, ha experimentado varios cambios a cual más variopinto. Empezó intentando entrar en el PSOE junto a Monedero, pero por las alturas, nada de ir a una agrupación socialista y apuntarse. No, se vieron con Bono, Zapatero, etc., para terminar formando Podemos, aquél que no era de izquierdas ni de derechas, y que decía que había gente y casta, ¿nos acordamos? Después, cuando Pablo se quedó prácticamente solo en Podemos, se situó a la izquierda del PSOE, siendo frecuente verle levantar el puño derecho, el comunista. No ha mucho, ha realizado un viaje hacia la casta al dejar su Vallecas de toda la vida para irse al Madrid de los ricos, a vivir en una mansión; eso sí, previa consulta a sus “inscritos”; ese conjunto de seguidores a los que tiene embaucados y que nunca le dirán a nada que no, aunque se hunda el partido. Así, el descenso de 71 a 42 diputados el 28 de abril, no le ha supuesto una crítica de sus seguidores, como tampoco la pérdida de medio millón de votos y 7 diputados en las elecciones del 10-N, por su recalcitrante petición de coaligarse con el PSOE.

Ya ha logrado lo que quería, solo 24 horas después de las elecciones del 10-N, Pedro Sánchez le ofrecía la anhelada vicepresidencia, petición que viene de 2015, así como unos ministerios en los que ubicar sus compromisos; sería el colmo que uno de ellos fuera para su pareja, Irene Montero, y número 2 de Podemos. Si así fuere, el nepotismo habría alcanzado niveles de record. Ya estaba el pacto hecho e Iglesias contento, solo faltaba lo de menos para él: el programa. Se había comenzado la casa por el tejado. Tal y como quería el líder de Podemos.

A partir de este momento, ya no se le ha vuelto a escuchar queja alguna, el bueno de Pablo está más feliz que una perdiz ejerciendo de vicepresidente “in pectore”. Su lealtad a la causa socialista le ha llevado a callarse como un puto ante la dura sentencia de los EREs, a casi hacerse monárquico alabando las palabras en catalán de la princesa Leonor, e incluso a un detalle nada baladí, a levantar el puño, pero ahora es el izquierdo en homenaje a Pedro Sánchez y al socialismo. Estos pequeños gestos iniciales no se le han escapado a algunos militantes de Podemos, como son los ocho cuadros de las islas Baleares que han abandonado el partido por su seguidismo hacia el PSOE.

Pero siendo positivos, tenemos un gobierno progresista en el que espero que no esté Alberto Garzón. Eso sí, lo que corriendo riesgos me atrevo a decir es que: aquéllos militantes podemitas, que se han tragado el embolado de que la entrada de Podemos en el gobierno serviría para forzar a que Pedro Sánchez cumpliera con su programa y no dejara de hacer lo prometido, van a sufrir una enorme decepción; solo hay que ver el comadreo que se llevan Adriana Lastra e Irene Montero para ver que este matrimonio bien avenido está dispuesto a convivir los cuatro años del pacto, y otros cuatros más si se tercia. Apuesto a que va a ser al revés: nos vamos a encontrar con un Podemos obediente, que no va a poner en juego su anhelada posición en el gobierno, dándole disgustos a su jefe Pedro Sánchez, contradiciéndole o marcando diferencias dentro del Consejo de Ministros.

Amigos para siempre. Al tiempo.