“Fló y Despeñaperros” (Día Cuatro)


Fló | Relato | Cartagena |… ¿Me estabas buscando? –dijo el desconocido.

Hombre de frente ancha con pelo abundante y largo, lucía una tupida barba y un generoso mostacho, detrás de unas lentes unos ojos vivos y atentos hablaban de franqueza y de ilusión. Vestía un traje de paño gris, bajo su levita abierta un chaleco del mismo color atravesado por la cadena de oro de su reloj…

¿Don Fernando? –adivinó a preguntar Fló. A lo que el desconocido respondió aseverándolo con un suave movimiento afirmativo de su cabeza.

¿Le importa que le haga una entrevista don Fernando? –prosiguió Fló.

Para eso he venido –respondió Garrido-  cuando quieras. ¿Qué hago?

La cámara se centró en la presentadora y a una señal de Pencho esta comenzó a hablar:

-Aquí estamos, al principio de la Alameda de San Antón, junto a la placa que recuerda a Fernando Garrido y, que un día esta avenida llevó su nombre. Con nosotros tenemos la suerte de contar precisamente con el mismísimo señor don Fernando Garrido.

Don Fernando, buenos días. -Dijo Fló al tiempo que giraba la cabeza hacia su interlocutor y la cámara abría plano para encuadrar a los dos protagonistas.

-Buenos días señorita.

-Don Fernando, quisiéramos saber acerca de la persona de Sixto Cámara, de las circunstancias de su muerte.

-¿Están interesados en su vida?

-Bueno –respondió Fló- realmente estamos investigando sobre el castillo de Despeñaperros, y como durante el Cantón llevó su nombre, hemos sentido curiosidad y la necesidad de saber algo sobre este personaje.

-Ah, el bueno de Sixto, yo escribí su biografía, ¿lo sabe? –dijo Garrido apoyando su mano en el brazo de Fló para continuar hablando mirándola a los ojos-. Éramos grandes amigos, me acuerdo del Circulo de acción patriótica, allí coincidimos con figuras como Pi y Margall, a quien se nombró presidente de la Primera República al día siguiente de la desaparición de Estanislao Figueras, cuando siendo este el Presidente de la República, plantó al Gobierno y al País  con aquella lapidaria frase de  “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros “y acto seguido, abandonó la sala y la política.

Un mes después Pi y Margall, como presidente tuvo en sus manos declarar la República federal tras el levantamiento del Cantón, pero le faltó arrestos, los acontecimientos le sobrepasaron  y dimitió.

Además, de aquel Circulo de Acción Patriótica me acuerdo por ejemplo, de mi gran amigo  Emilio Castelar, el que fuera el último presidente de la primera República y que murió aquí al lado, en la Casa del reloj de San Pedro del Pinatar. Él fue en alguna ocasión mi abogado y posiblemente a su oficio le deba yo la Vida.

-¿Y Sixto Cámara? –preguntó Fló.

-No se impaciente joven –dijo con voz suave y tono de complicidad don Fernando- llevo lustros, que digo lustros, ¡décadas! E incluso algún siglo sin contar mis batallitas. Deja que este pobre viejo disfrute un rato. Fló en silencio asintió.

Fernando Garrido

-Pues hablando de Castelar, verás: él era un gran admirador de la obra de Monroy, el poeta, que también frecuentaba el Círculo, de Monroy dijo Castelar  tras su madrugadora muerte que había que juzgarlo no por lo que dejaba, que a sus 24 años no podía ser mucho, sino por lo que se llevaba, y que la Muerte se había tragado tal vez, el poema del siglo XIX. Y es cierto, tan solo Zorrilla con sus versos ante la tumba de Larra había despertado tanta expectación como lo hizo Monroy con su célebre poema “El Genio”

¡Un viaje de ida y vuelta al más allá…!

Garrido mira al frente alzando el rostro y empieza a declamar.

“Y si atrevido el hombre

quiere seguir mis huellas

y elevar hasta allá su pensamiento,

encontrará mi esclarecido nombre,

bordado con estrellas

en el límpido azul del firmamento.”

-¡Precioso! –apostilla la chica.

– Cierto …  Garrido mueve la cabeza pensativo. ¡Qué tiempos!

Me acuerdo también, ¡cómo no! de Froilán Carvajal, otro compañero del Circulo de Acción Patriótica, ¡pobre! Acabó fusilado en Ibi en octubre de1869, lo pusieron delante del pelotón y tras la primera descarga, ni una sola bala le había rozado, tuvieron que fusilarlo dos veces. Carvajal, al igual que Sixto, también tuvo su castillo durante el Cantón, el de San Julián.

Pero vamos con Sixto. –dijo don Fernando mirando a la chica- A eso habéis venido ¿no?

Pues bien. Ahí va mi relato: al final del bienio progresista, en el 56, tuvimos que huir a Portugal, instalándonos  Sixto y yo en Lisboa. Ya habíamos creado con anterioridad  alguna sociedad, como la de los hijos del Pueblo, pero allí,  él organizaría lo que se llamó La legión ibérica, con el propósito de combatir la tiranía de la gorda.

-¿Isabel II?

-Si, la Borbona.

-Pero siga señor Garrido.

-Pues bien, Sixto había cruzado la frontera para entrevistarse en Olivenza con unos sargentos de la plaza, aunque no contaba con mucho apoyo, pretendía levantar desde Olivenza a toda Andalucía.

Pero Sixto fue traicionado y denunciado a las autoridades que mandaron prenderlo, cuando él  se enteró de su orden de prisión, salió huyendo en compañía de un joven demócrata  en dirección a Portugal.

Hay que decir que Sixto y Moreno Ruiz, que así se llamaba el joven, salieron de Olivenza a las 11 de la mañana de un calurosísimo día de julio, evitando los caminos y huyendo por parajes desconocidos para ellos. La sed mortificaba a mi amigo y creo que le hizo perder la cabeza, hasta el punto que cuando se encontró un charco putrefacto en su camino, se tiró de cabeza a beber de él, aunque Moreno intentó detenerlo.

Casi de inmediato Sixto empezó a sentir angustias y falta de fuerza, ante el mal estado de su compañero Moreno buscó socorro en un miserable ventorrillo al que apenas pudo llegar Sixto con vida, que murió entre horribles dolores.

-Espeluznante esta historia don Fernando. Añadió Fló.

-Pues espere, si quiere cosas espeluznantes, es ahora cuando empiezan.

-Me tiene en ascuas, siga por favor.

-Veras niña. Aquel infortunado joven que acompañaba a Sixto fue retenido por los campesinos del villorrio donde acababa de fallecer su jefe. Avisaron a los guardias y se lo llevaron. Poco después fue pasado por Garrote, el último de una larga lista de reos, teniendo que asistir a las ejecuciones de los que les precedían.

Después del registro de la casa de Moreno Ruiz, la autoridad dedujo que el alzamiento era de mayor calado y sus pesquisas les llevaron a detener a un sargento de artillería en Sevilla, ante la perspectiva de la condena de muerte, o por los palos que le dieron, o porque le prometieron perdonarle la vida, el sargento confesó que yo estaba implicado.

Los oficiales del cuerpo de artillería le hicieron ver su disgusto por haberme delatado falsamente y le aconsejaron rectificar su declaración a la primera oportunidad.

Y en efecto así lo hizo cuando, una vez yo detenido y encarcelado, nos sometieron a un careo. Puestos frente a frente, el sargento declaro que ni de vista me conocía. Aquello le costó a él la vida en el garrote y a mi tener que presenciar la ejecución, por si acaso. ¡Ese maldito O´Donnell!

Pues bien joven, eso es todo lo que le puedo contar de la muerte de mi amigo Sixto Cámara.

-¡Es usted un hombre con suerte!

-Bueno, según se mire, nadie sabe quién soy ni en mi ciudad. Por ejemplo, en otro tiempo esta alameda llevó mi nombre, por poco tiempo ¡pero lo llevó!, ahora tan solo lo recuerda esta placa a la que cuesta distinguir de una tapa de alcantarilla. Garrido señala la placa a sus pies y la cámara le sigue para hacer zoom en la placa

Además, y esto es un chascarrillo, ¿tú crees que escribir tres tomos titulados “El último Borbón”  y que los borbones vuelvan dos veces después de dos repúblicas es suerte?

¡A ver si a la tercera va la vencida!-Fernando Garrido levantó su puño a la altura de su cara y exclamó ¡Salud y Federación compañera!

Y tal como había aparecido, desapareció.

(Continuará)

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