“Fló Y Despeñaperros” (Día Dos)


Fló | Relato | Cartagena | A la mañana siguiente el equipo volvió a las puertas de San José. De ahí y seguida por la cámara, la chica sube la escalera junto al cuerpo de guardia  que lleva a lo alto de la muralla. La chica camina por su adarve hasta pararse y apoyarse en su antepecho de espaldas a la cámara, mirando a la estación de autobuses y castillo de los moros, se gira hacia la cámara y señala a Despeñaperros. 

¡Ahí está, nuestro castillo!-exclama la reportera.

La cámara hace un barrido de 180 grados para centrase en la base del castillo, recorriendo el lienzo de sus muros de abajo a arriba lentamente, para luego alejar el zoom y dejar encuadrada toda la peña y con su fortaleza en lo alto.

Como podéis ver –prosigue Fló- hay cuatro entradas labradas en la roca y tapiadas, hay quien dice que son refugios de la Guerra Civil, sin embargo hay quien opina que son anteriores y bien pudieran ser almacenes de pólvora para los servidores de este baluarte en el que nos encontramos.

El fuerte se ve a todas luces que está abandonado y descuidado.

¡Vamos a ver si podemos subir!- Fló se cuela dentro del plano, sonríe y poniendo su piño cerrado a la altura del pecho exclama- ¡Hoy sí tomamos Despeñaperros!

La chica avanza seguida del equipo junto al castillo en dirección sur, dándole la vuelta hacia poniente, allí una rampa parece invitar a subir y allá que va. Sube la cuesta seguida de la cámara y el equipo. Fló llega a las entradas de unas cuevas donde hay basuras, la chica se adentra en una de las cuevas y sale rápidamente, se dirige nerviosa a sus compañeros.

¡Hay un tío raro ahí tumbado!

Casi de inmediato se coloca detrás de ella un individuo de ojos vidriosos y mal peinado, lleno de polvo  y poco aseado, luce un gabán tres cuartos con anchas solapas que debiera ser marrón en sus tiempos .

Señorita ¿quería usted algo? Le dice el desconocido.

Fló desconcertada le contesta  -Perdone que le haya molestado, no sabía que aquí vivía gente, siento haberle molestado.

No se preocupe, no me ha molestado –le contesta el individuo- realmente aquí no vive gente, ni yo soy una persona, lo fui, pero de eso hace mucho.

-No lo entiendo, explíquese…

-Me llamo, o me llamaba Andrés Campillo Veles, aunque la gente me conocía como Andrés “El Rufo”, si quieres me puedes llamar Rufo.

El rufo le alarga la mano para dársela y ella estrechándola le dice su nombre;  “Fló”

-¿Fló o Flor? Pregunta El Rufo

-Fló, de Florentina, ya sabes la santa cartagenera, es que mi viejo a veces se pasa con el amor a su tierra.

-Pues bien Fló, yo nací en Mazarrón, cuando me toco por mi quinta fui a filas y estuve en la Guerra Carlista, en 1873 me licencié  y me vine a Cartagena a casa de mis padres que vivían entonces aquí.

Espera, espera… -dijo Fló queriendo parar con sus manos en alto toda esa información a la que no daba crédito- ¿Cómo que 1873? No me tome el pelo Rufo.

-¡Que si chiquilla! Que ya te lo he dicho antes, yo no soy una persona, soy un recuerdo, ¡créeme! –dijo El Rufo abriendo sus brazos para dar más credibilidad a su argumento- Pero déjame terminar.

Verás –continuó El Rufo- no me había dado tiempo ni de colgar el uniforme cuando el “Pollo Cárceles”  y sus amigos montaron el follón del Cantón y la ciudad se convirtió en un hervidero de gente “echápaalante”  dispuestos a defender la República Federal, así que me alisté como voluntario y dado que tenía conocimientos de artillería me nombraron capitán de este fuerte.

-¿Entonces tú eras el jefe del fuerte?

-Exacto, ¡eso es positivo niña! –contestó El Rufo asintiendo con la cabeza- El segundo día del Cantón ya estaba yo con mis cañones apuntando al Castillo de los Moros, ¡por si acaso! Pero no hizo falta, los Moros se sumaron también al levantamiento.

Me acuerdo una noche, a finales de “setiembre” en que “El general de papel”, así llamábamos a Martínez Campos,  avanzó dos cañones aprovechando la oscuridad  y abrió fuego contra nosotros, haciendo blanco en nuestros muros. Ahí tienes los disparos, en la cara de Levante.

Proclamación de Cantón de Cartagena 12 Julio 1873

Nosotros contestamos rápidamente y los centralistas emprendieron la huida, ¡Éramos la leche! ¡No podían con nosotros! Fíjate como estarían de cabreados que incluso una semana después los periódicos decían que habíamos arriado nuestra bandera roja e izado la de parlamento con la intención de rendirnos. ¡Mentira todo!.

Al acabar lo del Cantón tenía a mi mando once cañones, uno de hierro de 200 y el resto de bronce de diferentes calibres.

-¿Y te pasó algo aquí durante el Cantón que tu memoria se ha quedado en este sitio? Pregunto la chica.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué si me mataron aquí?

Fló asiente.

-¡Que va! -Contestó el antiguo artillero- Cuando se acabó la aventura cantonal tuve que huir, la cosa se puso muy fea y durante mucho tiempo viví de lo que la gente me daba a cambio de contarles mis historias sobre el Cantón.

Alguna vez intentaron hacerme trabajar en las minas de La Unión, creían que me hacían un favor, ¡pero quita! Eso de meterte bajo tierra sin saber si vas a volver a ver la luz del Sol no es para mí, mal que bien con mis trapicheos fui tirando, eso sí, sin “naica” pero muy “reconosio”, de hecho cuando fallecí en Alumbres, el periódico “La Tierra” dio la noticia, dijeron que fallecí de inanición, pero la verdad es que me morí de hambre.

-Oye Rufo –interrumpió Fló- los cantonales eran muy aficionados a cambiarle el nombre a todo, ¿a este castillo le pusieron algún nombre?

-¡Naturalmente! le pusieron el nombre de uno de los más grandes mártires de la libertad. Sixto Cámara.

-¿Quién era esta persona?

-Busca a Fernando Garrido –contestó El Rufo-  él te lo podrá explicar mejor que yo, era muy amigo suyo. ¡Buena suerte! Le dijo El Rufo mientras su imagen se difuminaba hasta desaparecer delante de ellos.

-¿Lo tienes todo Pencho? –preguntó Isidoro, el director.

-Creo que sí –contestó el cámara- pero he de verlo porque aún no creo lo que visto.

-Hay que buscar a ese Fernando Garrido -exclamó Isidoro- ¿Alguna idea Leandro? Tú eres el historiador, ¡tú sabrás!

(Continuará)

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