Juan Sánchez/Opinión.

Mi gente no sabe de planes ocultos (Oscuros) entre falsas buenas intenciones. Mi gente es sencilla, sincera. Hasta en sus limitaciones brilla esa sinceridad que no deja lugar a la duda. Ni traen segundas lecturas en renglones contaminados de traición. Mi gente no sabe ni quiere saber de cumbres borrascosas, ni de G-Mierdas, ni conveniencias ni connivencias con ‘madames’ melindrosas. Mi gente es humilde, trabajadora, amante de la vida; y vive para amar y ser fiel a su gente amada. Mi gente se afana en construir otro mundo: un mundo para todos y cada uno de sus habitantes. Mi gente no sabe de podridos ‘antes’, ni maldita la gracia que les hace esos rifirrafes para justificar lo injustificable: cortina de humo: co-podrido futuro pasado…

Mi gente camina por la senda abierta de par en par. Desconoce la mezquindad oculta tras la maleza del fingimiento. Su credulidad e inocencia les hace marchar a pecho descubierto, sin legiones de alimañas dispuestas a traicionar al honesto, al sincero, ¡al pueblo! Mi gente no sabe de eso, ni maldita la gracia que tiene saberlo. Mi gente se aleja de los perros rabiosos, de los mercenarios con piel de cordero, con armas de juego, con legañas de perfidia en los ojos, con cañones predispuestos a sembrar el duelo. Mi gente no sabe de eso, ni necesita saberlo. Maldita la ley que mata un pecho al descubierto. Maldito el político gangrenado que inventa cruzadas para causar dolor, para moler a palos a quienes piden tiempo claro, y algo de transparencia entre esos lobos que dicen ser tan humanos. ¡Un capullo humanos!

No habrá piedad para el malvado. No habrá paz para los corazones con gusano. No habrá escondrijo para el vende-patrias, ni para el asalariado del abismo y su amo. No habrá campo santo para su cuerpo, ni lágrimas para un duelo, ni duelo para su alma, ni recuerdo para su pecho. No habrá discursos de despedida, ni banderas nuevas para el sepelio. Ni voces que griten ‘viva’; jamás hallará terruño para sus huesos. No habrá perdón para ellos. Ni memoria entre los vivos, ni el pan negro del consuelo. Mi gente olvidará su daño: olvidará pronto ese cielo avieso, olvidará su añagaza tras el voto que nunca cumplieron. Mi gente seguirá caminando, ¡no lo dudes! Ancha es la senda del mal, más pronto se ha de borrar. Nada ha de quedar en la memoria del pueblo: jamás existieron, jamás volverán. Mi gente sabrá reaccionar, y nunca mentarlos… ¡sin olvidar!

Mi gente comienza a ser un solo pueblo. Mi gente abre los ojos y se aterra con lo que está sintiendo. Y toma consciencia de lo real, de lo que esconde ‘la verdad’. De lo que esclarece la mentira. Mi gente comienza a nacer. Es un parto de dolor derramado. Es una cuna que arrecia, un mundo que a quejarse empieza. Y mi gente no es tonta, nunca lo fue. Pesaba demasiado la sombra de perder. Ahora saben que nunca podrán ganar si antes no aprenden a indignarse. A tomar las riendas de su esperanza, a luchar por el mañana, a destripar las alimañas. Mi gente se viste de mañana clara. Mi gente canta desde cada plaza, desde cada calle que es liberada. Desde cada razón que camina, sabiendo que nadie podrá pararla. Mi gente se declara en guerra contra la miseria impuesta, contra la lluvia de mentiras, contra la maldad institucionalizada. Mi gente despierta del letargo y la agonía, con espada y armadura del sufrimiento aborrecido, con yelmo de luz y voz sobradamente justificada…

Mi gente se alza y grita contra el silencio: ¡No habrá paz para el malvado!

 “A caminar, a caminar, hasta enterrarlos en el mar”

“Corramos un es-tupido velo-rio sobre su recuerdo”

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