The Matrix
The Matrix

JSP Perfil 2 (2)Juan Sánchez/Opinión/Cuarta Columna.

Según el filósofo y escritor Hermann Hesse, los políticos solo albergan intención belicosa en su mente. Cada decisión que dramatizan desde un parlamento-escenario obedece a intereses ocultos, obscenos, contrahechos, inhumanos, encaminados al conflicto ideado para alcanzar el rango de salvadores imprescindibles de la patria. Concepto este, patria, que se viene utilizando desde el albor de la humanidad para justificar toda barbarie perpetrada en su defensa, despreciando el atributo primordial del hombre, precisamente su humanidad. Y enajenando al ser humano con ideales huecos para la sumisión y control de la masa…

Personalmente, iré algo más allá: el virus primigenio de la política es y será, indefectiblemente, la ambición personal. Se podrá disfrazar de buenas intenciones, de proyectos humanos, socialización, reparto, igualdad y equilibrio de afrentas históricas, o revancha contra un pasado, por otro lado siempre invicto, donde sobresale el  poderoso esclavizando al débil. Sea como fuere, los ‘recaderos’ continúan el eterno timo de subyugación y manipulación de esa inmensa manada de borregos llamada pueblo. Sencillamente, no somos gobernados por esos mal llamados políticos, sino por sus jefes: la codicia de una élite concreta que jamás tendrá bastante; ni siquiera teniendo toda la riqueza del planeta. Ni siquiera sacrificando continentes enteros, razas, culturas, civilizaciones completas. El mundo entero a sus pies, y ellos siempre querrán mucho más: ¡todo!

Jugar a ser Dios es tan atractivo para la mente enferma. ‘Levitar’ unos metros por encima de la miseria que acompaña a la manada, creerse poseedor de la inteligencia capaz de maquinar, controlar y exprimir al populacho, debe ser el éxtasis para su ego. Es el poder de arriba hacia abajo. La distancia que separa el cielo del infierno. La asepsia de no mezclarse con mortales, no contaminarse con sus virus y bacterias, sus gusanos, y esos pestilentes humores que denotan la fecha de caducidad de una raza inferior. Eso, para esa estirpe ‘celestial’, no es aceptable. Por ello, han de perpetuar su sangre, su genealogía, su dominio planetario, en discípulos bien aleccionados en el principio de que el mundo es de su propiedad y el bestiario humano solo está al servicio de la divina casta.

Añade Hesse… “Los planes del político deben su hálito espeluznante a la boca infecta del averno. Los mandatarios de cualquier nación son meros operarios del proyecto del diablo”… En esto he de darle la razón sin cortapisas ni añadidos. Poco cabe sumar a esa reflexión que tanta luz arroja sobre la política y su cara oculta tras la farsa ‘democrática’. La democracia nunca ha sido tal. La gestión de los ‘elegidos’ por el pueblo, siempre se ha limitado a la fachada mediática, palabras rimbombantes, golpes de efecto in extremis, presión dosificada hacia la masa, y el clásico tira y afloja del pescador de altura hasta conseguir la mansedumbre deseada. Incluso, aquellas insurgencias, revoluciones o disidencias que han florecido en el curso de los siglos, se montaron en el zaguán del mismísimo Satanás, o la suprema avaricia, que vendrían a ser entidades equivalentes. Hay un film muy revelador en ese sentido: “Matrix”. Incluso en ese film de culto entre iniciados, habría que añadir mucha escena censurada por la propia élite ‘divina’. Incluso, se podría inferir que dicho film forma parte de la estrategia: una válvula de escape, un presostato social inyectado en la mente rebelde para equilibrar el sistema e inutilizar su capacidad y posibilidad de réplica. Lo tienen todo muy bien organizado. Está claro que no hacen otra cosa durante toda la vida: planificar hasta niveles cuánticos la bifurcación libertaria y su posible revolución ‘caótica’; diseccionarla, intervenirla y diluirla en un océano de pueril esperanza para finalmente, poco a poco, muy sutilmente, desmontarla.

Los revolucionarios también comen cada jornada, visten abrigo en la crudeza del invierno, necesitan un cubículo donde resolver su vida, y una guerra de trincheras que se eterniza acaba derivando en la desidia, la impotencia, la depresión del ideal; inevitablemente, el abandono del campo de batalla. Las tripas hambrientas rugen en la estepa de la deserción y los camaradas han de volver a ganarse el pan de la honra y el sacrificio, la cotidiana heroicidad hacia sus seres queridos. Así acaba todo. Porque todo está ya experimentado, y concienzudamente calculado… ¿o no?

Pero hay algo más…

John Lennon
John Lennon

Cambiar el mundo no consiste en salvar una nación, un continente, o cambiar un sistema. No, cambiar el mundo empieza por cambiar y salvarse de uno mismo… (Mañana lo acabo, tengo que ir a currar…)

Anuncios