Foto: Pilarrodríguezbarranco.com
“Huellas de Gaviota” – Foto: Pilarrodríguezbarranco.com

JRelato/Juan Sánchez.

 “Pollo” no es pollo. Bueno sí, es pollo pero no es hijo de ninguna gallina. Es un pollo de gaviota argéntea, más bien lo era. Pollo es una gaviota adulta que no puede volar: tiene un ala rota desde muy pequeñito. Le cuelga en el costado cual apéndice fatigoso que no puede desgajar de su vida. Como un perro lazarillo que persigue al ciego que dejó de serlo, cual rémora despechada o compromiso roto, promesa violada de algún día juntos volar. Pollo lo lleva con resignación, con espíritu renqueante, cual sufrido equipaje sin facturar…

Conocí a Pollo una mañana cualquiera. Una de tantas de espera paciente y deseosa del primer rayo de sol. Una mañana de muchas que sigo a mis pasos hasta el espigón del puerto. Buscaba la cita puntual con la estrella, y también con ‘Caramel’, un gato rojo que vive cojonudamente a bordo de un velero anclado oteando el horizonte. Caramel y servidor somos fieles al astro guía, y cada mañana juntamos paciencia y anhelos al borde de ese mar que nunca duerme. Llega el sol, cada día un minuto después, cada día un minuto antes, depende del resto del almanaque. Pero siempre llega. Caramel se deja acariciar casi reclamando esas manos cansadas que buscan sin saber muy bien qué deben encontrar. El gato lo sabe. Los gatos ven en ambos planos de la existencia y pueden ver nuestro interior. Tentado anduve muchas veces de preguntar por sus visiones, más luego desistí, no quiero saberlo, espero que la vida me coja por sorpresa. Quizá esta vez sea algo distinto, algo que no deje nueva cicatriz en mi currículo de tiempos y esperas. Espero, y espera.

Al fin luce el sol. Caramel se aleja presto hacia el borde del pantalán. Allí lo espera Pollo. Son colegas, o eso parece al verlos caminar muy juntos. Lo trae hasta mí. O casi. Pollo recela del contacto humano, todo lo contrario a Caramel. Desde su distancia de seguridad, me lanza una mirada mezcla de interés y desconfianza. No se acerca más, se limita a caminar sin prisas algunos pasos por delante de mí. Talvez esperaba alguna ‘golosina’, no sé. Tiene cara de eso mientras marca el camino a seguir. Entonces caigo en su ala rota. Entonces comprendo porque no ha salido volando ya como haría cualquiera de su especie. Me paro y le observo mientras él me observa a mí. Caramel ha decidido quedarse a tomar el sol en la proa del catamarán. Los gatos son así, no intentes comprar su libertad, ¡no están en venta! Y punto.

Pollo y servidor siguen su baño de sol mientras caminan. Sería mejor decir que yo sigo a Pollo, que guía mis pasos. O incluso que lo ‘pastoreo’. Cuando intenta cambiar de dirección me interpongo en su ruta y ha de esquivarme ‘por avante’. En definitiva, soy un molesto homínido que le persigue y le hace rabiar. Pollo parece seguirme el juego, hasta que se cansa de mí, claro. Entonces, de un salto, se encarama en lo alto del espigón y se pierde entre las rocas. Se aleja triunfal, ha ganado la partida. Un ritual que se repetirá durante los días más fríos de aquel invierno. Pollo se lo toma con resignación. Sé que piensa que soy un tío ‘cansao’, un paliza que le da la vara cada mañana. Incluso se dirá para sÍ: menudos colegas se busca este gato loco. Imagino que habrán de comentarlo entre ellos. Estoy seguro. Espero que el felino diga algo en mi descargo, aunque solo sea por tanta caricia… Talvez sea un poco cansino, diría Caramel, talvez esté muy cansado, talvez tú y yo, Pollo, seamos su puerta de entrada a un nuevo día ilusionado. Deja al humano jugar contigo, Pollo, no es un mal tipo. Solo algo travieso. Un niño grande que busca en nosotros aquella infancia casi olvidada. O eso me gustaría que pensaran. Aunque talvez sea todo lo contrario. El tiempo lo confirmará y refutará. El tiempo no entiende de relojes, ni sabe de gatos rojos, pollos de gaviota que caminan al alba, ni humanos que buscan para no encontrar.

Han pasado casi tres años. Vinieron más inviernos y veranos locos. Personas que se fueron igual que llegaron. A hurtadillas compartieron mi vida, a hurtadillas me abandonaron. Algunas encontraron lo que yo andaba buscando. Me alegro por ellas. Otras dejaron huella imborrable en mis pasos. Y unas pocas volvieron desde el pasado para recordar que el camino no se hace quedando anclado cual velero desarbolado. Con o sin gato.

Gato y Gaviota
Gato y Gaviota

Encontré una gaviota adulta este invierno pasado. Se me quedó mirando con ojos extraños pero conocidos. Una maquina biológica para la libertad, pensé. Y me seguía mirando con aquellos ojos cercanos, casi humanos… ¡Pollo!, ¿eres tú? ¿Eres tú, Pollo? Grité, al tiempo que mi cara se hacia sonrisa reactivando el reloj dormido. ¡Lo era! Desgraciadamente lo era. Su ala rota seguía tan rota como siempre. Me di cuenta cuando se descolgó de su costado. Sentí una rabia inmensa. Un desconsuelo que emborronó aquella borrosa mañana de un mazazo en el pecho. Pollo hizo un leve gesto con la cabeza. Un gesto de dignidad y entereza y emprendió nuevamente su andadura argentada. De un taconazo subió el ala a su espalda, digno, no resignado, vencedor, guerrero, ¡victorioso! Se encaminó hasta la rampa que baja al mar y, triunfal, comenzó a navegar en completa libertad. Durante un instante me pareció verla sonreír. Estoy seguro de ello; aquella gaviota luchadora volvió la cabeza y me sonrió: como una invitación a seguirla, alcanzarla, quemar mis alas de ceniza y volar hasta el sol de una esperanza.

Los humanos somos una ‘rara avis’. Buscamos la perfección más ‘exacta’ entre el amor y la belleza. La capacidad de amar se la debemos al ‘contador’ de pasos. Pasos que tienen un número exacto de latidos. Tienen fin. No haber aprendido a amar, creer y confiar es nuestro gran error. “Cuando mueres todos quieren ser tus amigos”. Entre tanto, la eterna cuestión: ¿merece la pena tanta lucha? Pollo dice que ¡por supuesto! Y no creo que una gaviota que puede volar sin alas se equivoque. No lo creo. Gracias “Gaviota” por invitarme a soñar…

Juan Sánchez – 15/6/2014

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