pulpo

-EL PULPO- “Nunca se para de crecer, nunca se deja de morir”

Juan Sánchez/Relato/Ficción/VMPress.

Como casi cada mañana, temprano, me gusta madrugar, ver salir el sol, el albor me resucita, me posibilita cada nuevo día. Como casi todas las mañanas, salgo a la calle aún sin ser de luz y encamino mis pasos hasta el centro del pueblo. Hace un buen rato las mujeres del establecimiento se han puesto a trabajar, madrugan más que yo. Casi todo el mundo madruga más que yo. Casi todo el mundo. Pido mi café. La camarera, María, ya sabe que me gusta muy cargado y con dos sobres de azúcar. Goloso, no, me encanta el azúcar en el café, solo eso. Su madre, una dama entrañable, sencilla, de las de antes, de las que sonríen a pesar de ver caer chuzos de punta, encargada-jefa de hacer unos riquísimos buñuelos con receta y dedicación antigua, también sabe que me gustan algo pasados de frito, tusturrados, crujientes, que se deshagan en la boca al hincarles el diente, justo antes del primer sorbo del mieloso café. Por eso, ni siquiera he de pedir nada, solo me siento en una mesa al fondo y ellas, madre e hija, me preguntan si lo de siempre. Yo asiento con un esbozo de sonrisa, justo la que queda en mis labios a pesar de tantos sobresaltos del día a día. Ellas se lo merecen, es justo corresponder a su amabilidad y sus atenciones en igual medida. Suelo ser bastante justo, si me dejan…

Parroquianos habituales de la churrería entretienen, alargando el café, casi eternizando el momento, la hora de su incorporación al jodido y peor pagado puesto de trabajo. Los hay de índoles diversas, desde jardineros de calzas verdes hasta alguna mamá que deja dormir a su retoño dentro del coche, bajo su atenta mirada, para tomar aprisa un reconfortante desayuno y hacer acopio de fuerzas para el largo día que se avecina. Unos churros y un chocolate, para compensar todo lo que haya que compensar, que será mucho. Pago mi desayuno y me despido del calor del café y de los chascarrillos de María, que amenizan nuestro despertar entre tazas de risas y ruedas de churros y chocolate para calmar el hambre de dulce de los hombres errantes.

Abandono el local y enfilo mis pasos pausados al ritmo de las bocanadas al primer cigarrillo de la mañana. Casi paseando, pero con prisas por llegar a la hora en punto del sol. El aire frío del invierno ejerce de navaja bandolera sobre mi cara, y limpia, neutraliza, la corrosiva maraña de pensamientos que la noche dejo adheridos a las arrugas y las ojeras de mi semblante desquiciado. El viento del norte se cuela por entre los callejones y adiestra los sentidos en el arcano arte de la observación, y la alerta ante aquellos entes sin nombre que habitan en la impenetrable oscuridad. Tímidos, casi clandestinos, asoman sus fauces por debajo de algún vehículo cubierto del sombrío y chispeante manto de la noche. Pero sus maullidos los delatan, y dejan de ser enigmas de ojos refulgentes para adoptar las in-formalidades de gatos encelados, que se desdicen del horror que habita entre las sombras mediante carreras precipitadas, discusiones viscerales e ingrávidos mechones de pelo navegando sobre la pegajosa negrura, iluminados por los restos de una luna que se niega a recoger sus cabellos erizados en plata desnuda. Los llamo, a los gatos, y me miran fijamente, sorprendidos de que me entrometa en sus cortejos. Dirán unos a otros: qué le pasa, qué le pesa a este tipo que no sigue su camino y nos deja a lo nuestro. Imagino, yo diría algo similar a eso.

Se oyen rugidos en la lejanía. Alguna maquina barredora que comienza a devorar la falta de civismo y de educación de los viandantes de la jornada pasada, y cada mañana, los restos de nuestra inmunda existencia, alimentan a la bestia mecánica que parece insaciable en la ruidosa glotonería de su devaneo por las callejas del pueblo. Solo un momento entre los rugidos irascibles de los lascivos felinos y los maullidos metálicos de esa máquina que engulle, sin hartura, los pecados de esta absurda e irresponsable humanidad. Y sigo mi derrota hasta ese próximo puerto del mar o, tal vez, no tan cercano…

 Sepia (1)

-LA SEPIA- “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

…Y sigo mi derrota hasta ese cercano puerto de mar. O, tal vez, no tan cercano… La gente suele decir que lo importante no es el destino final, lo primordial es el camino hasta la meta. ¿Realmente creen eso, cuando se dice, cuando se piensa, cuando se trata de hacer verdad un pensamiento que nadie cree que sea tan cierto, pero que todos dan por hecho que contradecirlo es un sacrilegio? No sé, habría tanto que elucubrar sobre ello. Pero pongamos que es cierto, que los pasos al andar son lo que hay que saborear, disfrutar o sufrir según se den las cartas en esta partida de necios.

Mis pasos me encaminaban hasta ese muelle plagado de veleros que nunca habrán de navegar. Promesas de libertad, vetadas a un tipo absurdo, e incoherente, como yo. Velas que se despliegan para surcar sendas en la mar de los desiertos, en los piélagos de la insana prisa por llegar a la oscuridad social. Y los pasos se van borrando a la velocidad de unos remordimientos con fecha de caducidad. Antes pensaba que las certezas perduran más allá del pensador, dudo que sea así, los hombres se empeñan, nos empeñamos en arrancarnos las orejas a la voz de las experiencias ajenas. Pensar no tiene sentido salvo la compañía que produce y se reproduce en nuestra soledad. Y ni tan siquiera eso puede consolarnos de los silencios que nos habitan. Pero los pasos siguen impertérritos y se mofan del pensador. Lejos de la testa que no mira donde pisa, ni quiere ver más allá de sus propios devaneos con el ego que todo lo dicta. Dictador del rumbo interno. Déspota de las decisiones que nunca tomamos, capitán y tripulación de esos veleros que nunca se harán al mar.

Miro de pasada, apesadumbrado por una cierta solidaridad que me hace esclavo, rehén de mis convenios y no me deja naufragar en la corrosión de mis asuntos por reventar. Miro esos locales cerrados o con letreros en los escaparates. Letreros de saldo, remate final, liquidación por derribo de la esperanza de sus dueños. Rabia, qué si no habría  de sentir al mirarlos. Rabia, impotencia gris cuajada del arrojo mutilado por mis propios pasos hasta ese presunto mar. Dudo, no hay mis cáscaras que dudar del camino. ¿O es que acaso somos acerados vientos del norte? Violentos, viscerales, iracundos céfiros helados, insensibles a la cotidianidad. ¡Qué carajo! Esta gente que llora en sus escaparates, merece algo más que el fracaso. Merecen un pan tierno cada mañana, un sol y el calor de los sueños materializados. Mi rabia aumenta hasta que dejo de encolar oraciones entre las grietas del muro de las lamentaciones, propias y ajenas. Al final lo mismo son. Todo es uno, uno es realidad. Sinsentido en los pasos del egoísta, sin saber soñar desde esa realidad de hormigón armado y dispuesto a disparar. Ahora voy y se lo explico a esos in-navegantes del teatro para alardear de saber nadar, y la ropa bien guardada por un cocodrilo de trapo verde que nos quiere destripar. Yo se lo explico, ¿lo entenderán? Permitirme que mucho lo dude, y mucho aún he de dudar.

Dejar atrás aquellos barcos naufragados por contralisios que no quisieron soñar. Mis pasos me dominan, me arrastran hacia el ‘más allá’. Una paloma me sigue desde delante. Me indica el camino por caminar. Mira de reojo, no la vaya a pisotear.  No se fía de mis botas sin lustrar, de mis pasos patizambos por el sendero que lleva al oscuro, pegajoso y correcto balcón de sal. Colombina de mis sueños, desvelos me dejaste al respirar. Quien conoce de tus besos, sabe del buen yantar. Carne que bebe en la carne, alma que quiere dejarse condenar. Al fin la estrella. Se despereza, se deja observar bajo su falda yerta, sin rechistar. Un rayo azul de oropel timbrado, de frío violado tras la saeta que amanece erizando mis sueños. Dice de no perder nunca más el rumbo, de ver entre la niebla un sendero por inventar. Y yo la creo, ¿qué remedio me deja? “Al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Un amanecer es una oportunidad de existir sin dudar. Neo-natos del alba trémula. Rehacer la partida perdida con nuevas velas por alumbrar. Nuevo velamen por desplegar ardiendo con mil palomas, mil y una llamas, mil y una cana para re-soñar… Mis pasos me siguen cuando echo a andar. O, eso creo…

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-EL LENGUADO- “…porque saberlo ‘todo’, tiene una serie de inconvenientes” (… en breve)

                                                     Juan Sánchez – 3-3-2011

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