Tito Bernal
Tito Bernal

Fallece el conocido fotógrafo murciano Tito Bernal

Región/Opinión/VMpress/José Antequera.

Nunca llegué a saber cual era tu truco mágico, amigo, ni por qué siempre llegabas el primero al lugar de la noticia. Aún recuerdo aquella foto única, magistral, aquella instantánea que abrió a cinco columnas la portada de ese diario regional del que ni tú ni yo queremos acordarnos ya. Un policía sosteniendo en alto su revólver, la gente corriendo despavorida y un peligroso atracador tratando de huir del lugar del crimen. Como siempre, tú estabas allí, en el momento exacto, en el lugar adecuado, viviendo la historia como un personaje novelesco más, mientras los torpes de La Opinión seguíamos tan tranquilos en la redacción sin enterarnos de la misa la mitad…

Tú no eras un simple fotógrafo, Tito, eras un mago que cada día sacaba conejos de la chistera y que nos dejaba boquiabiertos con sus exclusivas y sus imágenes impactantes. Cuando entrabas en un juzgado todos te temían y respetaban porque sabían que llegaba un periodista dispuesto a airear esa cosa tan denostada que llaman la verdad. Hoy los jóvenes fotógrafos van a la rueda de prensa de turno, aprietan el gatillo como zombis y a casita que llueve. Si no pagan las horas extras ya se puede estar cayendo la catedral de Murcia. Tú no, tú no eras un simple retratero, qué va, tú eras el mejor reportero gráfico que he conocido en mi puta vida.

Te trabajabas la calle como nadie, se te veía de madrugada con tu cansada Nikon al hombro, con tu sonrisa intrigante y tu barba de cuatro días. Ya viene Tito de alguna exclusiva, nos decíamos con temor. Y bingo: al día siguiente temblaba la ciudad con alguna de sus magníficas instantáneas. Con astucia y discreción, te acercabas al policía de turno, al funcionario, al preso, al abogado, y les sonsacabas con tu gracejo murciano, tus pícaras artimañas y tu simpatía innata de retaco avispado con orejas de soplillo. Tenías ese duende para la exclusiva que solo tienen los artistas. Atraías a la noticia como un panal a las abejas. Nadie sabrá nunca el secreto de tu éxito. Supongo que dedicarle el cuerpo y el alma a esta profesión de canallas.

Un buen día me dijiste que ese periódico innombrable te había mandado a la cola del paro sin importarle que hubieras dado tu vida por la causa. Lejos de hundirte, ése fue el comienzo de tu leyenda personal, empezaste a volar de verdad. Hasta que me dijiste: ¿Te vienes a Afganistán a buscar a Bin Laden? Y así fue como nos conocimos. Veinte horas en un Antonov soviético pilotado por borrachos hasta llegar a Kabul dan para mucho. Y allí, entre talibanes y soldados desesperados, entre niños huérfanos y hombres mutilados, entre minas y tanques despanzurrados, nos hicimos hermanos de sangre. Supimos lo que es dormir en una prisión talibán, vivir sin higiene y pasar hambre de verdad. Y ya para siempre. Estábamos preparando el viaje de nuestras vidas a la Antártida cuando al Rey le dio por cambiar su agenda a última hora y la travesía se suspendió. Unos meses después te largaste a Irak. Yo no tuve pelotas para acompañarte. Fuiste submarinista, pescador, marinero, piloto de aviación, empresario, viajero impenitente, presentador de televisión y mil cosas más.

Viviste siete vidas en una sola, como los gatos. Siempre te recordaré sacando del Puerto de Cartagena aquellos congrios que nos comíamos, al atardecer, con birras frías, copa y puro. Hoy me he enterado de que te has ido y me he puesto a escribir con dolor y lágrimas en los ojos. Nunca te perdonaré que te hayas embarcado solo en este viaje, hermano. No habrá otro como tú, no habrá otro como El Gran Tito.

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