El Peine del Viento - Chillida
“Peine del Viento” – Eduardo Chillida

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J

Juan Sánchez/Relato-Ficción/VMPress.

Andaba cierto día un amigo cierto enfrascado en una cálida y amena conversación con otra amiga indudable. Discurría la charla en aquello de memorar buenos tiempos. Momentos del corazón y la experiencia amarga del existir entre imposturas ajenas. Cosas del camino ácido y de aquello que solemos mal llamar experiencia que resulta una colección de erratas vitales, a cual de ellas más difícil de confesar. Bueno es reconocer que se ha pifiado, y mejor rectificar a tiempo, con fuerza suficiente para enmendar el daño infligido al entorno. Peor descubrirlo un rato antes de espicharla y llevarnos esa carga con nosotros; vayamos a dónde pijo vayamos después… Decía el amigo a la amiga aquello de que el aprendizaje se convierte en lo aprendido. No lo aprehendido, no, esa es otra historia. Descubrir ganando tiempo que cuánto sabemos es que aún nos queda tanto y tanto por descifrar. Que la vida no para de darnos pistas, y lecciones muy caras de pagar sobre nuestros pasos en dirección adversa. Que el camino se hace a golpetazos en el corazón y el dolor propio es la herramienta disuasoria de un fallo en el ‘programa’

En eso, más o menos, hablo de oído, que no de odio, en ello andaban admirados mis dos amigos. Cuando, lazos del destino o lo que demonios sea, se aproxima un tipo a mi colega y le tiende la mano. Mi camarada de alma y trinchera, se queda mirando al tipo y le espeta: -¿Quién eres tío?, no te reconozco, ¡he cambiado tanto!-. Jodido colega, es pura dinamita pa los pollos y los gallitos de pelea. A lo que el tipo aquel responde arrogante y ofendido: -¡Soy el alcalde!

-Pues quién lo diría -Replica my brother-  Pensaba que habrías de ser un tío interesante. Esa camarilla de ‘pulpitos’, entreverada de lameculos y correveidiles, te suponen un tipo ilustrado. A primera vista he pensado serías algún maestro guía, un gurú, un apóstol del buen camino, un gran tipo, un buen ser humano. Y ahora resulta que eres el regidor del pueblo. Pues, lo siento, tío, deja que medien leguas, que no lenguas, entre nosotros. No le doy la mano a cualquiera, y menos a tipos como tú. Lo vuestro es contagioso, ¿sabes? Esa boria que os cubre las entendederas. Esa nube que os nubla el ‘tercer ojo’. Ese hollín, esas babas que rezuman desde vuestras extremidades, deben ser muy picajosas. No quiero infectarme con lo tuyo. Modestamente, no deseo vender mi vida al Dios que tú sirves. En serio, ‘amigo’, no te conozco. Mejor que sigas tus pasitos. Mejor que corra el aire…-

Molinos de 'Don Quijote' - Campo de Criptana
Molinos de viento de ‘Don Quijote’ – Campo de Criptana – Ciudad Real

Aquel tío grande, sí, ¡por los cojones grande!, que diría mi colega, aquel elemento con artefacto de mando y amaneramiento de señorito, se encaró con mi amigo y mandó a sus esbirros a joderlo vivo. Pero he aquí que mi colega del alma mater, llevaba mucha mili y muchas maniobras en las espaldas, y muchas trapaceras puñalás también, y ante la acometida del alcalde comediante siguió con su retahíla:

-Imagino, corregidor, que esta es tu forma de solucionar los contrarios. Te he dicho que no te doy la mano porque eres contingente desaparecido en combate: un fantasma de guerra, vamos. Que no comulgo con ruedas de molino, ni veo gigantes donde solo hay enanos mentales. Qué pedir amistad, ese es el gesto de dar la mano, no es exigirla. Que la amistad se gana tras años y años de alimentarla con verdades. Jodan o dejen de joder al amigo, que para eso estamos en el mismo barco. Y tras muchos cabos lanzados al naufragio justo cuando ves ahogarse la amistad, y no rematarlo a bastonazos. Además, ¿sabes cuál es la simbología de tu bastón? Imagino que desconoces dato tan fundamental. Imagino que tu gobierno estará basamentado en la revancha histórica, en la rancia vendetta e insuflar tu ideario imaginario a lo tragaloperro a los gobernados. No te apures, suele ser lo habitual en el caso: llegar al poder y olvidar la responsabilidad implícita del cargo. Utilizar el garrote del mando para imponer tus decisiones, mal entendida salvación, por narices, ¡por cojones!, y deslomar a estacazos con todo el capricho de poder tan poderoso a quienes osan enfrentarte, o simplemente cuestionar tu mando. Y olvidar que tu bastón es pura responsabilidad y entrega a ese rebaño llamado pueblo. Meros corderos que confían en su pastor. Que entregan su futuro en manos del gobernante. Y esperan algo tan sencillo como que nos les encamine hacia la guarida de los lobos. Digo lobos por no decir señorones, señoritos y demás cabrones, que andarán susurrándote odios a los oídos del sillón ‘orejero’. Imagino igualmente, que gobernarás pensando en los intereses de quienes te han ‘elevado’ a su mismo rango: lobos disfrazados de corderos que engañan a los ‘borregos’ para conseguir su sangre. Y llenar barricas y barricas del rojo elemento y dejarlas madurar en robles bucaneros, y alardear de tener y tener tantos y tantos monederos-

El corregidor hizo ademán de salir rebufando, o rebuznando. Pero mi colega, cabrón y tras-tornao como  él solo, lo paró en seco para espetarle a modo de peineta y cruce de mangas al  estilo más castizo de la más humilde de las calles:

-Señor desconocido que dice ser alcalde, atienda vuestra reverenciada merced mis últimas palabras. Ni sé ni me importa de su cargo, o cagarro con sombrero de copa y champán francés (Interprétese al libre albedrío lo del ‘francés’). Sé, señor alcalde, que llegará un día en que dejará de serlo, y sé que aquellos a los que jodiese desde tu palacio inalcanzable, le alcanzarán en las calles. Y le escupirán en la cara, y ya no será usted nada ni nadie. Lo mismo que ahora, pero sin traje. Y tendrá que tragarse lo que su pueblo quiera soltarte. Y se lo habrá merecido por ser un valeroso tan cobarde. Por ser un monigote en manos de la gentuza grande. Por ser tan poco hombre que utiliza su cargo para ocultarse. Y no lo fío muy largo, el fin está-lla más cerca que tarde. Y ahora siga maniobrando vuestra merced con torres y reyes, con rojos césares franciscanos  y bufones rojos renanos, con zombis villanos, capullos rosacruces y rojos templarios falaces. Siga despanzurrando el sagrado tiempo del pueblo entre gilipolleces y cortesanos bailes… Por eso, tú no eres ná, tú tienes la bemba colorá, señor importante…  ¡Que corra el aire, ‘alcalde-presidente’, que corra el puto aire! Y Punto.

Nota del autor: Relato, canción triste (Blues), de mera pa-ciencia-ficción. No enclavado en lugar ni época alguna, salvo en la atemporal y efervescente imaginación de servidor. Sin pretensión paternal, i, o, u, aleccionadora de nadie. Líbreme el séptimo cielo de tal. Quién es este humilde sufridor de la rabia de “Las Ratas” de Miguel Delibes (Estupenda novela costumbrista que retrata fielmente la España más oscura y profunda, cuyo entramado de conflictos y personajes bien podría ser el espejo dónde aspira a contemplarse el presente relato. Os recomiendo encarecidamente su lectura), para erigirse en magister o consejero de nadie. Quita, quita, doctores en mierdología ya tiene palacio. Válgame el Nirvana. Si algún sumo corregidor se siente aludido, o subrepticiamente identificado en esta historia, haría bien en visitar al ególogo y revisar su nivel de afeites atornasolados.

Gracias por vuestra paciencia, espero hayáis disfrutado con este cuento que se ha de llevar el viento cambiante del infundio, la susceptibilidad y la infundada sospecha. Saludos: Juan Sánchez.

– Algo de música ‘acuática’ para hidratar aquella nube de la memoria –

“Échame a mí la culpa” Albert Hammond/1977

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