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[Img #5738]Nacional/Opinión/VMPress/José Antonio Pareja.
Viendo lo visto el 11 de septiembre en la Diada de Cataluña, y la reacción que han tenido el Gobierno y sus medios de comunicación satélite, habrá que ir pensando en cómo vamos a llamar a lo que quede de España tras la marcha de Cataluña. No sería justo seguir con un nombre que sólo tiene sentido si continúan unidas las dos partes. Para lo bueno y para lo malo, Cataluña ha sido parte esencial de España durante más de cinco siglos, y sería un error, incluso gramatical, seguir llamando igual a algo que es diferente. Es como si tras un divorcio una de las partes siguiera empeñado en presentarse a sí mismo como pareja: -“¿Y usted es?” –“Servidor es los Pérez-García”…

Puede parecerles una futilidad que, estando como están las cosas, yo les venga ahora con un asunto tan aparentemente superficial como la nomenclatura. Sin embargo, pocos temas son más ilustrativos que éste para entender la verdadera esencia del problema que supone la cada vez más posible independencia de Cataluña. Se trata de una cuestión cuasi filosófica, que nos llevaría a preguntarnos no sólo si España puede seguir llamándose así tras la separación de una de sus partes, sino incluso si la propia Cataluña puede mantener una denominación que se ha forjado durante cinco siglos por un flujo constante, a veces deseado otras impuesto, del estado al que estaba unida.

De la misma manera que España es difícil de entender sin Cataluña, ésta lo es sin España. Se ha hablado mucho estos meses de la cuestión económica y menos de la social. Más de la mitad de los actuales catalanes tienen su origen en otras comunidades, muchos de ellos siguen conservando el castellano como lengua vernácula y unos rasgos culturales que poco tienen que ver con la tradicional y más oficial cultura catalana. Es cierto que en Cataluña no existe un problema idiomático, por mucho que los medios más rancios de la derecha (si es que hubiere alguno que no lo fuere) se empeñen en proclamarlo. También es cierto que se ha producido una cierta asimilación de aspectos culturales de otras comunidades, pero no hasta el punto de formar una cultura que pueda ser homologada como identitaria, son más bien como amigas sin derecho a roce. En todo caso, el resultante es la suma de la tradición catalana más pura y de lo que le ha venido del proyecto común que mantenía, muchas veces a regañadientes, con lo que aún se conoce como resto de España. De la misma manera, Cataluña también ha tenido una importante influencia al otro lado del Ebro, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado, y de aquí nace buena parte del desamor actual.

Sin embargo, todos estos razonamientos pseudohistóricos poco pueden hacer ya para evitar la separación. Recurrir a las primeras cartas de amor cuando la otra parte de la pareja te presenta los papeles del divorcio, es una acción tan inútil como patética. ¿Qué pueden cambiar dos partes que en cinco siglos no han sido capaces de entenderse?

La solución al problema no puede venir, desde luego, de ninguno de los dos partidos mayoritarios en el resto de España, porque en Cataluña están condenados a poco menos que desaparecer. Tampoco de una CiU que un día promete el amor sin condiciones a ERC, y al siguiente se reúne a escondidas en un meublé con el PP de Rajoy. Lo que todavía no han sabido ver en la capital del otrora Imperio, es que con quien tienen que tratar, si es que quieren conservar aunque sólo sea el nombre, es con una sociedad civil que va muy por delante de sus presuntos representantes políticos. La única solución podría venir de un movimiento social de igual importancia, con el mismo deseo de regeneración, con idéntica capacidad para ilusionar, que naciera en la otra orilla del río. Un acuerdo, por una vez, entre iguales. Pero eso se antoja ahora imposible, así que mejor que vayamos pensando cómo demonios vamos a llamar a esto.

https://twitter.com/BorjaMariaZ

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