Sol de medianoche - Cabo Norte - Noruega
Sol de medianoche – Cabo Norte – Noruega

-Parte uno: ‘El sol de medianoche’-

Juan 2Juan Sánchez/Relato/Turismo-Viajes.

Hay un puente sobre otro puente por donde discurre la vía férrea que da servicio a la aldea. Una estructura cruza sobre la otra, dos arcos de piedra legendarios que se arropan, se entrecruzan formando una angosta cúpula sobre el río oxidado que bajo ellas discurre. El puente inferior lleva la carretera que da entrada al villorrio y de uvas a brevas pasa un tren sobre ella. Los aledaños se engalanan con un frondoso manto de agreste vegetación que retoba el pueblo, dando a la comarca el inconfundible aspecto del bosque escocés solo roto por cercados milenarios de oscuras piedras, recubiertas del omnipresente musguito que hace las veces de engrudo entre ellas, donde pastan indiferentes un puñado de rechonchas y flemáticas ovejas…

El poblado se llama ‘The Struan’, ‘Condado de Perth’, en el centro delpaís’ de Escocia, en ruta hacia el inmenso y archiconocido ‘Loch Ness’, (Lago Ness), el del polémico y escurridizo monstruo (Nessi); con final de trayecto en lo que los camioneros españoles conocen como ‘los pingüinos’: esa lejanísima ciudad del gélido norte próxima al círculo polar ártico: Inverness. Donde incluso en pleno estío hace un frío que se las pela.

Inverness - Río Ness
Río Ness – Inverness – Scotland

En mi veraniega aventura inglesa, tomé carretera y manta y, pasito a pasito -un decir metafórico, que queda muy bien- crucé, como quien no quiere la cosa, toda Inglaterra y el país de Gales hasta llegar a la impresionante sucesión de montañas onduladas, sinuosas y siempre verdes, sembradas, aquí y allí, por las ineludibles ovéjulas rechonchas. Y, tras ver los innumerables castillos, fortalezas, palacios de campo, lo típico y más famoso de Escocia, me detuve a pernoctar en las proximidades de un bosque oscuro, cerrado a la luz, misterioso, casi prohibido y precisamente por ello, tan sugerente y tentador.

Lo de hacer noche es un decir, de todos es sabido que por esas latitudes y en la época del año en que me encontraba (Mes de Julio), la noche se limita a un eterno atardecer, sobreviniendo la oscuridad, apenas, algo más de tres horas, desde las doce a las cuatro y algo de la madrugada (Como diría mi madre: -¡que cosas!). Y eran las seis de la tarde, no te digo la cantidad de horas de luz que aún tenía por delante. A pesar de ello, decidí hacer “noche” por aquellos parajes. Nunca me he sentido más feliz con mi decisión como aquella tarde, perdido en las tierras del valiente corazón escocés: Brave Herat’, con el mío ávido de explorar y perderme, para encontrarme.

El bosquecillo era muy seductor, no me resistía a su llamada, por eso dejé el coche en un parking en las proximidades del pueblo y me aventuré a transgredir los cercados milenarios vestidos con aquel gabán aterciopelado de moqueta esmeralda. Caminaba por entre árboles enigmáticos, atravesando la maleza que formaba un manto vegetal a la vez tierno, fresco y oxigenado.

Los ojos servían de lazarillo al pensamiento, que recordaba todo lo leído sobre esos bosques en la soledad de mi habitación, pensando en lo lejanos que se encontraban. Y ahora, mis pasos se deslizaban con cautela por entre las ‘presencias’ de aquel boscaje y las ideas preconcebidas en mi distante ciudad mediterránea.

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“Esculturas de fantasmas en el bosque de Escocia”

Iba maravillado y rumiando a la vez  la posibilidad de encontrar a uno de tantos seres mágicos, que, según todas las leyendas anglosajonas, habitan esos laberintos de espesura indescifrable. Pero no, por más que busqué, no encontré señal alguna de su o sus presencias, y pensé que siendo yo extranjero e ignorante del ritual para el ‘encuentro’, difícilmente tendría la suerte de cazar un gnomo, duende, elfo, leprecaut, o cualquier otra aparición por aquellos andurriales embrujados y tan embrujadores. Y aún mas extraño sería que, al verse descubierto, me agasajase con su tesoro de monedas de oro escondidas durante siglos en una olla invisible. En fin, resignación, otra vez será, pensé, y desistí en la desmañada búsqueda inspirada en aquellos añosos relatos, para mantener viva la fe y la ilusión y disfrutar de un mundo impenetrable, mágico: el maravillosos universo de los niños. Igual es que mi imaginación está algo oxidada, igual.

Pero sí es cierto que a mi paso salieron infinidad de animalillos silvestres, desde conejos barbilampiños hasta lirones gruñones (No sabría decir si eran o no Caretos, como afirmase el malogrado ‘Félix Rodríguez de la Fuente’) que, desde su secreta madriguera, trataban de ahuyentarme con sus rezongos. El río, algo modesto y menguado por el estío, discurría a mis pies y su gorgoteo se acrecentaba a medida que me aproximaba a los dos puentes donde el suelo quebrado bajo su lecho formaba una cascada enana con pretensiones de gran catarata, que era más ruido que verdaderas nueces.

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Llegué, al cabo, al paso de piedra que daba acceso a la villa, descendí las pocas yardas (algo menos de media milla), que me separaban de las primeras construcciones, teniendo la precaución de caminar por el lado derecho de mi marcha, pues esos atascados de ingleses circulan, como ya sabréis, por el lado siniestro de la calzada (Los guiris son así). Andaba ojo avizor a los posibles vehículos que se presentaran por el lado equivocado del camino, arrimado lo más posible a los mencionados cercados ‘petrificados’ que no dejaban un palmo de tierra libre fuera de la carretera. Dándole al zancajo llegué al pueblecillo: casas de oscura y fría losa granítica cubiertas por la inevitable techumbre de pizarra u otros ‘impermeables’ similares. Arquitectura ancestral sumamente sencilla, cubículos diseñados para soportar el rigor de aquellas latitudes de inviernos excesivos que no dejan de tener su ‘idiosincrasia’ en una marcada tendencia ‘boscosa’, indiscutiblemente anglosajona y norteña.

Al aproximarme al centro de la aldea, pude descubrir lo que inferí era un bar, Púb., hostal o algo parecido a esto último. Una construcción de lo más típico y representativo de la comarca. Una casita de cuento de hadas toda de piedra y ventanales en roble, con vidrieras centenarias. Pero había algo que desentonaba en el jardín de aquella vivienda: unas cochambrosas sombrillas de playa serigrafiadas con publicidad de una marca de cerveza local, imagino. Aquello llamó mi atención tan purista como tiquismiquis, pero luego pensé, ¡los guiris son así!, no lo pueden evitar, son así y punto…

Castillo en el Lago Ness
Loch Ness Castle

-Parte dos: ‘Ring the bells’-

…Haciendo caso omiso de mí obsesivo sentido de la armonía y el buen gusto, me adentré en los secretos de aquella casita de ‘Hansel y Gretel’, que no era más que un hotelito encantador y escrupulosamente distribuido en sus interioridades con todos los aditamentos y el singular sentido de la decoración típical inglés. (Muy  recargado y pasado de ‘plasma’)

Aún así, me gustó mucho, muchísimo: las maderas nobles de la barra con  altillo de diminutos balaustres del rojizo ‘Alerce’ primorosamente trabajado, los estilizados taburetes cercando el mostrador con asientos de piel escarlata y bruñidos adornos , el repensado recibidor de entrada al establecimiento que daba acceso al bar, Púb, o lo que fuera. Un saloncito muy recogido y discreto, aledaño a la barra, donde daban buena cuenta de unas ‘pintas’ varias simpáticas y jocosas mozuelas que supuse eran de la aldea, (Pero que vaya usted a saber dónde mamaron por vez primera). El final del bar se fortificaba con una contundente puerta de roble que franqueaba el paso a lo que se entreveía como el salón comedor y, al asomarse, que me asomé, se descubría una estancia donde predominaban los colores cálidos quizás como contrapunto al gélido ambiente dominante en la región. Destacaban los ventanales guardados por unos visillos de evidente primor y paciencia, rústico ajuar mobiliario y mantelerías a juego con la calma interior. El conjunto tenía una entrañable atmósfera de íntima salvaguarda, como un escenario preparado para amores clandestinos, escapadas de ‘neoenamorados’: párvulos de la escuela del amor y las artes amatorias, nidito de arrumacos y discreción para los huéspedes.

"The Struan-Inn - Hotel rural"
“The Struan-Inn – Hotel Rural”

Después de fisgonear un poco, o un mucho -Se tuvo que notar que soy de pueblo, concretamente de “Santiago y Zaraiche”-, después de saludar a la ‘muchachumbre’ del lugar zascandileando por el bar, con un inglés de torpeza en grado sumo, ortopédico y ‘babilónico’, quise pedir una buena cerveza, fresca, sabrosa, espesa y bruna, una Guinness por ejemplo, que aunque no sea escocesa a mí siempre me lo ha parecido; será quizás por mi apego emocional por aquellas tierras recónditas e idealizadas por esa siempre laboriosa imaginación (¡Es irlandesa!, Dublinesa: inconmensurable Guinness).

El caso es que no había presencia alguna tras la barra, un vacío típico por lo general en los pueblos más desconocidos y menos hollados por el, siempre carroñero, turista urbanita, o,talvez fuese que el pobre hombre que ponía las copas había ido a satisfacer alguna necesidad intestinal muy  acuciante. Las mozalbetas, que realmente no lo eran tanto, avizoras y muy cotillas ellas, se percataron de mi desazón y mi desorientación sobre las costumbres del lugar. -¡Ring the bell! .Dijeron ellas al unísono -What bell?. Pregunté, algo confuso. A lo que ellas respondieron señalando el mostrador. Y allí, en el centro de la barra, había una evidente campana de bronce, de las tan usuales en navíos de todo el mundo. Hice ademán de cogerla para hacerla sonar (Ring the bell) y aquellas ‘ladys’ se partieron el culo de la risa…

No comments, only drink...
No comments, enjoy…

La jodida campana estaba pegada, atornillada o soldada al puto mostrador. Pero yo no debía ser el primero en ‘repicar’, eso se notaba en la cara de aquellas pánfilas. Y me vinieron a la mente dos explicaciones diferentes para lo sucedido: o bien era una muestra del típico humor inglés, o por aquellos lares también pululan elementos mangantes y desaprensivos amos de lo ajeno, (Como en todos lados, ¡coño!, como en todos lados. Decía mi amigo el camionero, en un relato anterior), o ambas cosas a la vez.

Junto a los grifos de cerveza había un pequeño ‘Gong’ -Ese curioso artilugio oriental- que desentonaba enormemente entre aquella decoración decimonónica, y era esa la ‘Campana’ que había que zamarrear, pero las hijas de la gran bretaña aquellas solo te lo decían tras haber hecho el pardillo en anglosajón. Con más ganas de cachondeo por  mi parte, hice uso del platillo metálico en varias ocasiones, llamando así la atención del mesonero escocés. Al oír el escándalo se presentó en la barra una figura bajita, regordeta, tocada con una espesa, mofletuda y canosa barba, ataviado con la indumentaria folclórica de aquel país: falda escocesa (Kilts), de un llamativo ‘Tartán’ (Tejido a cuadros que da forma a la prenda y cuyo dibujo define la pertenencia a un determinado ‘Clann’), largos y gruesos calcetines con la misma trama, camisa blanca, chaqueta con botonadura dorada y gorrito con pompón y toda la parafernalia. Lo cual no me extrañó ni un pelo. Todo, por aquellos lares, te dejaba a ‘cuadros escoceses’.

Castle and River Ness Inverness Scotland
Castle and River Ness – Inverness – Scotland

Conteniendo mi risa, alentada por la cizaña de aquellas mindangas angloparlantes, pedí una caña, mejor dicho, media ‘Pinta’, que viene a ser lo mismo, -Half a pint, please. Me sorprendí a mí mismo chapurreando un inglés sacado de aquellas entrañables películas de Alfredo Landa. Pero surtió efecto y el gnomo vestido de fiesta me puso un ‘bolito’ de una enturbiada cerveza rojiza que parecía…, bueno no voy a decir lo que parecía. Hacía un relativo calor y la cerveza entraba de muerte: -one more please, other, and other…. unas cuantas. Se estaba en la gloria en aquella terraza cubierta por las horrorosas sombrillas playeras donde me aposente para mejor observar aquel paisaje rural, tan diferente -tan Guiri- pero tan cercano en mi imaginación.

Cogí el teléfono móvil: era el momento exacto de hacer una llamada. Una llamada que llevaba posponiendo siete inacabables años, siete años de yerros  y absurda obsesión, ochenta y cuatro meses, trescientas setenta y ocho semanas, dos mil quinientos cincuenta y seis días con sus tantas noches. Una llamada que iba a capear las tormentas pasadas, una voz que desde los tres mil quinientos kilómetros que nos separaban acercaría nuestras palabras, que no aquellos corazones lejanos y extraños. Un discurso mil veces repensado, pensamientos sencillos afinados, reformateados, concretos, directos y reveladores de mi verdad. Verdad con estela de cometa en la noche absurda. Adamantinos pe(n)sares naufragados, ahogados en el mar de la indiferencia que bifurcó nuestra senda.

En todo ello pensaba mientras saboreaba la enésima pinta: aquel divino néctar madurado en la ignorancia de mi tribulación. Cogí el teléfono, busqué su número en la agenda y, antes de darle a la tecla de llamada, miré aquella half a pint de cerveza tan ‘cenagosa’ como ella… ¡No merece la pena!, pensé… y colgué. No sé cómo se coló en mí pecho aquel arrojo escocés: ‘Brave Heart’, a la vez que sonaba en mi mente aquella conocida canción de ‘Fito&Fitipaldis’… “Me acordé de ti”…

“Todas las cosas que soñé / todas las noches sin dormir / todos los versos que enseñé

y cada frase que escondí / y yo jamás te olvidaré / Tú acuérdate también de mí

nunca se para de crecer / nunca se deja de morir…

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La cerveza estaba cojonuda… ¡One more, please!

Web del Autor: surestepress.wordpress.com 

Juan Sánchez, en el verano de 2008 – The Struan, Scotland.

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