img_5681

Nacional/Opinión/VMPress/Jesús Ángel de las Heras.

Muchos piensan que en España no es posible la república, pues ya hubo dos intentos, y resultaron mal los dos, mientras que la monarquía lleva dieciséis siglos vigente (excepto los breves períodos de las dos repúblicas, seis años en total) y goza de bastante buena salud. Sobre todo desde aquel 23 de febrero, el del año 1981, en el que parece que el Rey de España nos regaló la democracia. Pero es mentira: ni nos la regaló, ni es democracia. Pero otro día hablaremos de eso…

Ahora os hablo de algo mucho más importante. Os hablo de la república.Porque la república es cosa de todos, la res (cosa) pública (de todos): la cosa de todos. Esto lo entendían en la Antigua Grecia, donde un ciudadano que no se interesase por las cosas de todos, que no las discutiese en el ágora o plaza pública, no era un ciudadano. Y desde luego, los que no lo eran, no lo discutían: los metecos o extranjeros; las mujeres, que estaban recluidas en casa; los esclavos, que eran cosas. Pero los ciudadanos de verdad sí discutían a la luz pública todo lo que interesaba a la ciudad, que era su estado.

En la Antigua Roma los ciudadanos se agrupaban en familias, en clanes, y en gens (gentes) que defendían cada uno su particular visión de la cosa pública, de la república. Incluso en la época de los emperadores, el ejército seguía portando en sus estandartes las mágicas letras SPQR: Senatus PopulusQue Romanus: el senado y el pueblo romano. Porque el Emperador, o Imperator, era sólo eso: el jefe del ejército, el que ejerce el imperio o sea el poder de la fuerza.

Pero la república, la cosa de todos, se deterioró en cuanto la gente dejó de cortejarla, de darle fuerza, de defenderla. Bastaron unos pocos bárbaros para que el Imperio Romano se desmoronase, y con él la república.

Y vinieron reyes godos, reyes elegidos por los nobles; y luego vinieron los musulmanes, gobernados emires y califas, que eran  designados por Alá, o sea Dios; y más tarde los cristianos arrebataron el poder y la tierra a los musulmanes, para constituir reinos cuyos gobernantes eran reyes, seres designados por Dios y su gracia divina, representada en la corona real, que es una réplica en oro de las crepitantes llamas del fuego divino, que procede de arriba, de Dios mismo. Por lo tanto, el pueblo no tenía nada que decir. Y en nombre de Dios casi todos los reyes cometieron cientos de villanías e injusticias. No todos, claro.

Y en España se intentó en el siglo 19 recuperar parte del legado de los romanos con la Primera República, pero en un año hubo seis Presidentes de la República. Porque se empeñaron en plantear problemas inexistentes en lugar de resolver los que había. Más tarde vino el rey, hasta que en los años 30 del siglo 20 apareció otra república, esta vez a imitación de la francesa, más que de la romana; pero los jacobinos vencieron y de la revolución se pasó a la sublevación, instaurándose un gobernante al que de rey le faltó sólo el nombre, aunque miles de monedas de peseta y sus múltiplos aseguraban que así estábamos por la gracia de Dios.

Y ahora estamos de nuevo con una monarquía constitucional. Pero regida por un rey designado por el agraciado de dios anterior, don Francisco. Regida, que no gobernada, porque parece que gobiernan unos partidos que de vez en cuando se alternan en el ejercicio de un poder que no emana del pueblo, sino de sí mismos: se trata de partidos endogámicos, que piden el concurso de pueblo para que elija cuál de ellos nos pone el dogal al cuello durante cuatro años. Por eso ahora hay cinco millones de parados. En este país ni la justicia ni el gobierno emanan del pueblo.

Sólo de forma metafórica se puede afirmar que existe democracia en España en 2012, porque el “demos”, o sea, el pueblo, sólo puede decir PP o PSOE cada cuatro años. El resto del tiempo se limita a sufrir arbitrariedades varias del gobierno de turno, llámese LOGSE, Ley del Menor, o Educación para la Ciudadanía. Pero todo eso ocurre porque la política sigue sin ser cosa de todos.Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, y además en contra del pueblo.

Algunos defienden que la única solución es tomar la calle y expulsar a esos usurpadores del poder. Otros apelan a la desobediencia civil. Los de más allá se conforman con criticar hasta el insulto y la difamación a los políticos actuales y a otros del pasado reciente que han propiciado este estado de cosas. Pero yo quiero ser más justo, más productivo, y más serio: yo apelo a la acción directa, al uso de la inteligencia, de la creación de nuevas estrategias, dentro del respeto a la ley y de la convivencia. Denunciar sí, pero dando alternativas, soluciones, esperanza, a nuestros conciudadanos. Porque la república es posible:

Érase una vez un soldado, un soldado raso, sin graduación, que en la vida civil era maestro. Que salió de su pueblo para hacer el servicio militar y empezó a sumar dos y dos…, hasta que vio que las cuentas no le salían. Y cuando supo que existía una cosa que se llamaba república empezó a madurar la idea, y cuando la comprendió, se puso a hablar, a debatir, a convencer, y la república se creó. Esto parece una fábula, ¿verdad? Bueno, en cierto sentido lo es. Es una novela. La séptima novela que he escrito, y la primera que publico. Salió hace poco al mercado. Pero mi novela no es importante. Que se venda no es importante. Lo que es importante es la idea que defiende: que la república somos todos. Por eso os recomiendo su atenta lectura y posterior crítica razonada.

La república no es un trapo tricolor. La república no es el Himno de Riego, o cualquier otro himno que no sea La Marcha Real. La república no es nada en contra de otra cosa, sino un todo a favor de todos nosotros. La república no es España, siquiera. La república somos todos. Tú y yo, y el de más atrás,  y todos y cada uno de los que estamos aquí. Y todos los que conocemos, los que viven en nuestra ciudad, en nuestra región, en nuestro país. Porque todos nosotros somos España. Porque sin nosotros, España no es nada. Y la República, eso que es la cosa de todos, es la forma de organizar, representar y gobernar España. Porque España somos todos. Y todos nos debemos a los demás. Y debemos querer lo mejor para nosotros y para los demás. Porque somos los demás de los demás. Por eso debemos implicarnos en la república, soportarla, cuidarla, apoyarla sobre nuestros hombros y edificarla desde el centro de nuestro corazón.

Por todo eso, y por cientos de razones más, no puedo evitar decir y repetir hasta que el aliento me falle: ¡Viva la República!

Anuncios