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Internacional/Opinión/VMPress/Chema Gil.

La eventual intervención de EEUU en Siria abre las puertas a mayores incertidumbres que certezas, no sólo por las repercusiones que puede tener para el propio conflicto sirio, sino por las dinámicas que pueden inducirse contra la seguridad de los países del área y para la seguridad internacional. Que el régimen de Assad tiene arsenales químicos no constituye ninguna novedad; ahora bien, si los rebeldes hubieran tenido acceso a ese armamento o lo hubieran podido fabricar, teniendo en cuenta el peso del jihadismo internacional en ese conglomerado poco claro, estaríamos ante una situación inquietante… Si el ataque de EEUU va a debilitar al régimen debemos asumir que los rebeldes, y con ellos los jihadistas internacionales, podrían tener acceso definitivamente a esos arsenales. Cualquier intervención debiera ser decidida por el Consejo de Seguridad, debe ser dimensionada de forma suficiente, y debe estar presidida por el acuerdo en cuanto a objetivos y hjoja de ruta. Si no es así, aunque parezca políticamente incorrecto, en nuestra opinión, cualquier injerencia en el conflicto interno debiera obviarse.

El 14 de Enero de 2011, las revueltas iniciadas poco tiempo antes en Túnez, que dieron lugar a lo que se ha denominado ‘Primavera Árabe’ obtuvieron parcialmente el objetivo buscado: El presidente, Zine el Abidine Ben Ali huyó del país. Aquellas revueltas tuvieron su origen en la situación social y económica que vivía la poblaciónn tunecina. Las manifestaciones fueron reprimidas de manera muy violenta. Tras la salida de Ben Ali el Ejército apoyó que el primer ministro, Mohamed Ghannouchi asumiera la presidencia provisionalmente y al día siguiente fuera designado, como primer ministro, Fouad Mebazaa. El islamismo calificado de moderado del partido Ennahda, con viculaciones claras a los Hermanos Musulmanes, se haría con el poder más tarde.

La llamada ‘Primavera Árabe’ ya se había extendido ese mismo mes a Egipto y a otros países. Diez días después de la salida de Ben Ali de su país, en Egipto, la familia del presidente Hosni Mubarak huía del país y se intensificaban las protestas, muy heteronégeneas al principio, pero finalmente controladas por los Hermanos Musulmanes, quienes el último viernes del mes (28 de enero) convocaron lo que se llamó ‘Viernes de la Ira’, con una sucesión de manifestaciones violentas que fueron gravemente reprimidas. La desestabilización social se intensificó y antes de finalizar el mes de febrero conseguían que Mubarak abandonara la presidencia de Egipto donde después fue detenido, situación en la que ha permanecido hasta la actualidad, aunque recientemente ha quedado en arresto domiciliario en un hospital.

Los Hermanos Musulmanes se hicieron con el poder a través de un partido político que gobernó a su dictado con claros gestos fundamentalistas y excluyentes. Tras 15 meses de gobierno, de nuevo las manifestaciones sociales pusieron en jaque la presidencia egipcia. Con estas revueltas de fondo el Ejército decidió mover ficha y hacerse con el país, deteniendo al presidente Morsi y a sus correligionarios, lo que ha provocado una gran polarización, con grandes manifestaciones a favor de los militares, pero también con grandes manifestaciones en contra, si bien éstas han ido decreciendo.

Revueltas similares se produjeron durante Enero y Febrero de 2011 en Libia, contra el dictador Muamar Gadafi, al frente del país desde hacía más de cuarenta años. Hacia el 20 de Febrero de 2011 la represión por parte de fuerzas militares afines al dictador llegaron a bombardear con la aviación a los manifestantes en Trípoli. Ese momento supuso un punto de inflexión pues, a partir de entonces, numerosos altos mandos y sus tropas fueron sumándose a la sublevación. Al contrario de lo ocurrido en Túnez y Egipto, donde se fueron conformando desde dentro unas nuevas realidades, en Libia –país con importantes reservas energéticas- las potencias occidentales sí decidieron intervenir, apoyando militarmente a los rebeldes, bombardeando posiciones de Gadafi, y suministrando información e inteligencia que a la postre dio lugar a la captura y a la ejecución callejera del dictador. La caída de Gadafi, promovida e intervenida por fuerzas de países de la OTAN, dio paso a un periodo que llega hasta la actualidad de permanente inestablidad y violencia, ya que los rebeldes, dominados en buena medida por líderes jihadistas, no están dispuestos a ceder sus parcelas de poder. Evidentemente, como era previsible, desaparecido el régimen de Gadafi, resurgen problemas históricos vinculados a la realidad tribal, cirenaicos, tripolitanos y los Tubu del Sur. El desastre de Libia incidió definitivamente en lo que luego pasaría en el Azawad maliense, donde los Touaregs del MLNA (Movimiento de liberación del Azawad) se vieron rápidamente apoyados por los tuaregs que vivían a la sombra de Gadafi y que, ante la inminente caída de éste decidieron regresar al Norte de Mali; eso sí, se llevaron buena parte del armamento de los arsenales libios que encontraron a su paso. Parte de ese armamento fue a parar al mercado del crimen organizado en el área sahelo sahariana, pero el resto fue utilizado en las revueltas contra el gobierno maliense y, muy especialmente, por los grupos jihadistas que se hicieron con el control del norte del país. Lo que devino en nueva guerra en la que se han tenido que implicar fuerzas internacionales lideradas por Francia.

También en Siria se produjeron revueltas en 2011. El conflicto comenzó, como en los casos citados, con diferentes manifestaciones pacíficas contra el Gobierno de Bashar al-Assad. Las revueltas se fueron intensificando y a las mismas se sumaron una parte de la sociedad civil, pero también algunos miembros del Ejército que se alzaron en armas, conformando lo que se ha dado en llamar el ‘Ejército Libre de Siria’. En realidad se trata de un conglomerado –no exento de enfrentamientos internos- en el que los grupos vinculados a Al Qaeda destacan sobre el resto, ya que incluso –como hicieran en otros conflictos- están llevando hasta Siria a mujahidines combatientes de otros países (también desde España).

La guerra civil que vive Siria ha causado ya unos cien mil muertos, cientos de miles de desplazados y se ha intensificado conforme se ha dado apoyo internacional a uno y otro bando, en forma de armamento, instrucción, inteligencia y logística. Lo cierto es que el apoyo internacional prestado por Occidente a los rebeldes no se ha traducido en batallas ganadas y, en nuestra opinión, en ese fracaso ha jugado un papel determinante la heterogeneidad y diferencias entre sus integrantes, cuyas motivaciones van desde la implantación de un régimen islamista hasta la consecución del poder en determinados territorios. Los rebeldes han tenido algunos éxitos destacados en el Norte del país, pero en los últimos tiempos las tropas militares del Ejército de Siria fueron asestando golpes muy efectivos contra los que los rebeldes han actuado de forma asimétrica, es decir, mediante acciones terroristas.

El pasado 21 de agosto se producía un ataque químico, en una zona de Damasco, que provocó una gran indignación internacional debido a las dantescas imágenes que mostraban los efectos causados por el gas en los cuerpos de niños y adultos. Pero el ataque se produjo cuando inspectores de la ONU estaban en Siria para investigar otros ataques químicos ya que, si nos atenemos a las denuncias de uno y otro bando, se han producido a lo largo del conflicto en varias ocasiones. Mientras que el Gobierno de Siria ha responsabilizado del ataque a los ‘terroristas rebeldes’, éstos imputan a las fuerzas militares oficiales la acción. Sin que se hayan evidenciado pruebas irrefutables, EEUU acusó al régimen de Assad del ataque y amenazó con una inminente respuesta; eso sí, asegurando que se trataría de una intervención limitada y de naturaleza humanitaria, sin que tropas estadounidenses pusieran pie a tierra. El anuncio fue apoyado de inmediato por Gran Bretaña; el primer ministro Cameron llevó tal asunto al Parlamento inglés pero obtuvo un varapalo sin precedentes ya que los parlamentarios no apoyaron su pretendida ‘intervención humanitaria’. Sin que la ONU haya finalizado su trabajo de inspección, ni existan pruebas evidentes de quién lanzó el ataque, el presidente Obama ya ha manifestado que se responderá militarmente, pero ha pospuesto la decisión final a un debate y votación en las cámaras de representación; cuando había dicho que la intervención sería inminente.

Intervención internacional

Desde nuestro punto de vista, el ataque de EEUU y sus aliados incrementará el sufrimiento de la población Siria. No hay ni un solo dato que apunte a que tal intervención pueda ser un elemento que ayude a acelerar el fin de la guerra. Por lo tanto el ataque se va a limitar a ser una especie de sanción que, sin embargo, se traducirá en más violencia. Es inevitable que los ataques generen más víctimas civiles (daños colaterales), y esto dificultará que por parte de Occidente se pueda desplegar en el futuro una misión de pacificación. La Guerra Civil en Siria experimentaría mayores niveles de violencia y crueldad.

El ataque reforzaría a los rebeldes, es cierto, y con ello se reforzaría a los jihadistas, sin que alcancemos a ver ningún aspecto positivo en una intervención como la anunciada, más allá de la desaparición de un dictador; pero entonces nos preguntamos ¿Por qué ha dejado Occidente que se llegue a la actual situación?, ¿por qué no se intervino hace dos años y medio?.

En nuestra opinión es vital tener certezas respecto de la autoría del ataque químico. Ya sabemos que el régimen dispone de arsenales con este tipo de armamento, es algo que no constituye ninguna novedad, pero ¿podemos hacernos una idea del riesgo que supone que los rebeldes hayan tenido acceso a parte de ese armamento? ¿Podemos hacernos una idea de lo que supone que los rebeldes hubieran sido capaces de elaborarlo? Si esto fuera así estaríamos ante un golpe muy severo a la seguridad internacional, sobre todo si tenemos en cuenta que el jihadismo internacional está allí y no se marchará. Más a más, si los rebeldes no han tenido acceso aún a esos arsenales, cualquier ataque contra Assad y sus recursos militares podría ponerlos al alcance de los jihadistas que tendrían una capacidad, aun mayor, para intensificar el terror en el mundo.

La abierta internacionalización del conflicto someterá a mayores riesgos que los preexistentes a Israel y Turquía.

Por otra parte hay que poner de manifiesto que la situación interna de Siria no cambiaría sustancialmente aun si Assad desapareciera, pues los alauitas (más de dos millones de personas, entre ellas los Assad) no cederían pacíficamente su posición en el cotexto sirio; esta comunidad ha conocido durante buena parte de la historia del país lo que ha sido vivir sometidos a otros. Los cristianos que viven en el interior de Siria, ante la superioridad de los jihadistas entre los rebeldes saben que, de triunfar éstos, serían sometidos a persecuciones. Los kurdos ya han mantenido enfrentamientos con los jihadistas, incluso, estando –supuestamente- en el mismo bando contra Assad.

Cualquier comparación de Siria con otras revueltas árabes, tratar de poner en el mismo nivel lo de Siria con las mal llamadas primaveras árabes, no constituye más que un ejercicio de irresponsabilidad casi criminal, los intereses que se juegan en relación con Siria son bien diferentes y para hacerse una idea de ello basta dirigir una mirada a la geografía del área.

Nuestra opinión es que cualquier intervención en Siria debiera ser decidida por las Naciones Unidas, con participación de fuerzas conjuntas que compartieran objetivos y una hoja de ruta clara asumible en su teleología y teleonomía por el Consejo de Seguridad. De no mediar un acuerdo internacional, lamentablemente y aunque no sea políticamente correcto, creemos que hoy por hoy debería obviarse cualquier injerencia en el conflicto interno. Si se interviene ha de ser con la voluntad puesta en detener definitivamente las hostilidades, parar la guerra y no lanzar ataques puntuales en beneficio de una de las facciones, en este caso los rebeldes, ante las grandes incertidumbres que existen entorno a los mismos.

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