joaquin-sanchez-autor-2JOAQUÍN SÁNCHEZ | Opinión | Al hablar de los encorbatados no me refiero a quienes se ponen de vez en cuando el traje con su correspondiente corbata con motivo de alguna celebración o fiesta patronal. Me refiero a esas personas que van todos los días con su corbata, que es signo de distinción con respecto a los demás, y un signo que representa poder, porque se encuentran en importantes órganos de decisiónÉ; vamos, los que te pueden facilitar la vida o jodértela. Los banqueros ¿llevan corbata? Sí. Los ricos ¿llevan corbata? Sí. Los que son representantes políticos también, al igual que quienes ostentan cualquier cargo de cierta relevancia en la Administración. A este grupo hay que unir los monarcas, los consejeros, los especuladoresÉ a todo este conjunto de personas es a quienes llamo los encorbatados. Alguien me podría decir, que en esos puestos hay también mujeres que estarían en el mismo nivel, aunque no lleven corbata y la sustituyan por un traje de chaqueta. Con el nombre de ‘encorbatados’ voy a incluir a hombres y mujeres que presentan una serie de actitudes, valores y comportamientos y, como he dicho antes, de sus decisiones depende gran parte de nuestro futuro.

Los encorbatados aspiran a llegar al poder e instalarse en él y no dejarlo nunca. Son personas muy obedientes a los que tienen por encima de ellos. En la película Forrest Gump, al protagonista principal le preguntan cómo había ascendido en el ejército y responde: “Diciendo a todo sí, señor”. Se caracterizan por la obediencia con los de arriba, y, en cambio, durísimos e inflexibles con la gente sencilla, corriente y con los empobrecidos. Afirman que no les tiembla el pulso y que sus decisiones son irrefutables e inamovibles.
Los encorbatados se caracterizan por el desprecio y la persecución a todo lo que suponga un impedimento o una crítica al sistema neoliberal y sus valores, cuya finalidad es el enriquecimiento ilimitado y constante de la élite económica y social. Por esto, desprecian a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las ONGsÉ cuando cuestionan el actual modelo económicosocial y organizan protestas. Su respuesta siempre es la misma: tienen derecho a protestar, pero no les va servir para nada. María Dolores De Cospedal afirmaba hace unos días: “Los ciudadanos responsables son los que no se manifiestan, de todas formas no les iba a servir para nada”.

Los encorbatados no creen en Dios, lo hacen a su medida, los becerros de oro. Los bancos son las nuevas iglesias y los directores son los nuevos sacerdotes y el paraíso es el paraíso fiscal. Piensan que comprando la voluntad de las personas religiosas con capacidad de decisión pueden comprar a Dios.

Los encorbatados son corruptos, profundamente corruptos, no creen en el Estado de Derecho; es más, lo debilitan como está intentando hacer Gallardón. Se trata de legalizar acciones injustas e inmorales e ilegalizar las acciones justas y morales. No es de extrañar que intente ilegalizar las protestas populares, que no tienen nada que ver con las manifestaciones populistas, como pueda ser un partido de fútbol.

Los encorbatados no creen en la libertad, creen en el libertinaje, es decir, en hacer ellos todo lo que quieran con un gran margen de inmunidad e impunidad. Aceptan la democracia formal, pero no la democracia participativa. Por eso no tienen ningún compromiso con su programa electoral. Falsifican la democracia con el engaño, la mentira y el miedo. Aparecen siempre como los salvadores, cuando son ellos los causantes, entre otras cosas, de esta estafa financiera.

Los encorbatados ponen al servicio de su ambición, codicia, éxito y confort todos los mecanismos del Estado, ya sean leyes, ya sean fuerzas de (des)orden público, incluido el ejército.

Los encorbatados controlan los medios de comunicación social y ponen en nómina a muchos periodistas.
Los encorbatados no tienen alma, no tienen corazón, no tienen ética ni escrúpulos. Eso sí, van bien vestidos, bien engominados, sin un pelo fuera de su sitio, traje impecable, tecnologías de última generación, hablan muy educadamente y les encanta los coches oficiales.

Los encorbatados quieren una ciudadanía sin pensamiento, sin criterio, sin acción. Una ciudadanía sin vida, que se limite a ver pasar el tiempo, aceptando las migajas.

Si cogen algún periódico o ven las noticias o las tertulias descubrirán a los encorbatados sin dificultad. Tendremos que seguir trabajando por la justicia para que no nos sigan jodiendo la vida presente y futura.

Posdata: Si estuviéramos en la Iglesia católica, los encorbatados serían los ‘enclerimantados’, que viene de clériman.

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