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“Aquí ‘Peluso’, un buen colega”

JJuan Sánchez – 31/5/2013/VMPress.

Aquí ‘Peluso’, mi gato fiel, un buen colega. Aunque sería más acertado decir que yo soy su humano. Y es que los gatos son así, deciden ellos, escogen sus camaradas de vida y no se dejan escoger de cualquiera. Peluso llegó a mi vida en su más tierna infancia. Un cachorrillo felino juguetón, travieso, revoltoso. Como una bolita de lana atigrada que no paraba quieto ni un instante, incluso a ‘Cuqui’, la anciana caniche de mi viejita, la llevaba loca con sus juegos, carreras y emboscadas desde cualquier arbusto del jardín.

Peluso fue fruto de un amor gatuno prohibido. Su madre, una señorita de alta alcurnia, una gatita de Angora, blanca, nívea, muy remilgada y coqueta, fue a enamorarse de un buscavidas callejero, un vagabundo romano, un tunante que solo tenía selénicos maullidos para ella. Por mucho que los dueños de la ‘dama’ trataron de impedir su amor, él galán siempre encontraba la manera de llegar hasta su amada. Parece un amor de película, aquella de Disney, ‘La dama y el vagabundo’, ¿recordáis?, pero en versión gatuna… El fruto de ese amor políticamente incorrecto fue este cachorrillo igual de tunante que su padre, ‘romanov’, de pelo largo y suave como su madre, e igual de fiel a sus seres queridos. Peluso es incontrolable, independiente, indómito pero calmado, sereno, decidido a conseguir lo que se propone. Desde su más tierna infancia se apoderó de los pies de mi cama y no hubo manera de acostumbrarlo a dormir en su cuna. Además, a mí me gusta que duerma junto a mí, y ambos sabemos que ese es su sitio por derecho inalienable.

Peluso es un gato muy confiado, pero con carácter propio. Autodidacta en cacerías nocturnas, es libre de entrar y salir de casa cuando le viene en gana. Eso sí, en cuanto aparece nos busca e informa de que ha llegado. El muy jodío sabe que le espera su golosina de York y unas caricias, o quizá alguna regañina si ha estado mucho tiempo sin portar por casa. Resiste estoicamente la bronca sabiendo que mi enfado es más teatro que realidad, ya me conoce, y de todas formas le diga lo que le diga, él va a seguir haciendo lo que le venga en felina gana, como siempre. Come una buena ración y unos lengüetazos de agua fresca y se apresta a dormir la correría noctámbula por los argénteos dominios de Selene. Tras atusar su desgreñada melena llena de cerriches, sueña con gorriones desde mi cama, ¡su cama!

Peluso es así de natural, no tiene segundas intenciones, ni maldad ni cualquier otra pega de las muchas que tenemos los humanos. Si está cabreado contigo te lo dice por las claras con un bocado o un zarpazo, pero nunca te hace daño. Sin rodeos, sin mentiras, te mira directamente a los ojos y allá van sus garras para dejar el tema bien zanjado. Y después de su dilatada siesta mañanera, vuelve nuevamente a su mundo para jugar a la vida, para perseguir pajarillos, ratones de campo y mil bichejos variados. Un cazador nato, vamos. Un cazador que ha sido cazado de manera vil y cobarde…

A Peluso lo han envenenado. Un veneno neurotóxico, nefrotóxico, ha terminado con sus mil aventuras por el campo y los tejados. Le han arrancado la vida en el momento de su esplendor, cuando ya sabía todo lo que ha de saber un gato. Contaba solo cuatro años, la cumbre de la vida para un pequeño tigre muy sabio. Pero no sabía que existe una especie de alimaña, disfrazada de humano, que solo se divierte haciendo mucho mucho daño. Murió entre estertores y alaridos susurrados. El veneno le paralizo los riñones y su cuerpo se fue apagando. Sus ojos me miraban suplicando vida, no entendía qué estaba pasando, y lloraba al verme a mí llorando. No llores Juan, decía, pronto se acabará el mal trago. Y se fue de este mundo malvado para vivir eternamente en el corazón de este humano, que sigue llorando mientras escribe este relato. Porque los hombres de veras lloran cuando pierden, cuando les arrancan algún ser amado.

Quiero pensar que el envenenador/a estará leyendo esto. Le imagino descojonándose de risa al ver cumplido su daño. Sintiéndose muy satisfecho consigo mismo al saber que Peluso está muerto y servidor se retuerce dolorido entre llantos. Pero he de decirte algo, depredador emboscado en tu momentáneo anonimato, he de rebelarte que jamás mataste al gato, mi colega Peluso. Sencillamente, por que al envenenarlo, al arrancarle la vida le has inmortalizado. Le has dado una vida eterna en el corazón de quienes lloramos su muerte, y ahora vive donde jamás podrás alcanzarlo. No cumpliste tu negra misión sino todo lo contrario. Peluso ¡vive! para siempre en el corazón de quienes le conocimos y disfrutamos, de quienes le amamos, de aquellos que compartimos con él tantos y tantos extraordinarios lazos, juegos, risas, siestas, noches de farra y una mirada de cariño que jamás será borrada. Has fracasado inepto, inútil malvado, solo has logrado hacerte más daño a ti mismo y seguir siendo un adicto-adepto del lado más oscuro, un abyecto engendro del infierno sin rastro de ser humano. Punto.

Saludos para casi tod@s.

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Siempre juntos, colega, camarada Peluso
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