El palacio 'Nino Nanetti' de mis recuerdos era algo similar a este, ubicado en el castizo barrio de Chamberí.
El palacio ‘Nino Nanetti’ de mis recuerdos era algo similar a este, ubicado en el castizo barrio de Chamberí.

Picture 612Juan Sánchez/Opinión/VMPress/Relato*

Tengo una certeza: mis dudas; como compensación también dudo de mi certeza. Es el equilibrio universal. Eso que hemos inventado los humanos para cuadricular el círculo incierto de la existencia. “Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón, porque yo seguiré siendo el cautivo de los caprichos de tu corazón”. Magnífico bolero (La barca) de los que ya no se bailan, ni se escuchan, ni se sabe que existieron. La distancia, al menos en el tiempo, nunca será olvido. Y la sombra de una duda, aquella que nos presentaba el genio, Hitchcock, atiniebla nuestra frente a partir de ciertos encuentros que mejor no haber encontrado nunca, ni la madre que los trajinó…

Echo de menos la certeza y la inocencia. Aquella realidad sin sombra, cierta, uniforme, de una sola lectura. Y aquella inocencia alimentada por unas ganas irreprimibles de vivir, chapotear en el arroyo  mismo de la vida y gritar al viento nuestra infancia. Eso era estar vivo, y no importarnos un pijo todo lo que no fuera jugar a imaginar, embobados por una realidad de nuestro tamaño con ‘monstruos’ de tebeo o de trapo tan inocentes como nosotros. Monstruos buenos de quita y pon, con sombrero de copa, capa de chupasangres y garras filosas que nunca llegaron a desgarrar el sueño. Adrenalina al galope para huir del espectro imaginado. Hoy los monstruos son reales, se puede sentir el latido de su maldad en cada corazón humano infectado por la mezquindad.

Entonces, allá por los deslumbrantes años de la niñez, no nos preocupaba toda esa monserga de ‘mayores’, y andábamos inmersos en nuestro mundo tan particular, el mismo que habían extraviado los adultos. Nuestra rutina se plegaba sobre sí misma en cada nueva aventura. En cada matadura en codos o rodillas, en las cicatrices de mercromina de una guerra de mentirijilla. Los días pierden aquella luminosidad según avanza la penumbra, la niebla de los años. Entonces no había más preocupación que salir airoso tras la travesura; si llegaban a enterarse nuestros padres. Pescozón y vuelta al ruedo, y nuevamente a la calle. Bocata aprisa por no perder el hilo de la hazaña con tirachinas, algún colega perruno y mil escaramuzas de risa.

El abuelo, hombre curtido en la crudeza de lidiar con el hambre, el tío que más huevos tenía de todo el pueblo, era pollero y huevero, nos daba cuartelillo de cuando en cuando, y algún pescozón también: ¡te vi hartar yo de salirte de la fila! Pero era la abuela quien cubría la retaguardia a la troupe, cuando la cosa se ponía algo tizná. Tenía un gran surtido de disculpas para tapar a los púberes polluelos, dentro y fuera de la pollería-huevería ‘La Murciana’. Pero el abuelo, que era cojonudo pero gastaba un geniazo a prueba de guardia civil en tiempos del estraperlo, no andaba con rodeos cuando agotaba su paciencia. Se la agotábamos nosotros, claro; pim-pam, la certeza de dos getazos si te enganchaba, remataba la revolución de los pantalones cortos, y a otra cosa mariposa. Ni te traumatizabas, ni ná, ni te hacia falta apoyo psicológico, ni ná. Lo merecíamos, si lograba pescarnos en la fechoría, pero nunca hizo por pescarnos. Las más de las veces nos sentábamos a su vera para ser custodios de las batallitas de ‘su’ guerra. Boquiabiertos por sus aventuras tremendas. Aquella guerra de los piojos y la miseria en la trinchera. El abuelo tenía la sabiduría de suprimir en su relato todo el dolor y sordidez de aquella puta guerra fratricida, restando miedos y rabia, filtraba las penurias destilando las anécdotas risibles y asimilables por cualquier criatura, nosotros. Entre tanto, en la diminuta cocina de carbón, lloraba la abuela recordando lo que no contaba el viejo, sintiendo en su carne aún vivo el sufrimiento de aquella demencial y maldita contienda.

En las largas noches de verano, agotados los argumentos de la fantasía, pancillenos tras la inconmensurable ensaladilla rusa de la abuela, y su tarta de manzana solo apta para golosos incorregibles, dioses paganos, críos y algún adulto que nos ‘robaba’ nuestra ración de gloria diaria, solíamos sentarnos en la galería del edificio de ‘casas baratas’ del régimen. Pertrechado cada cual de su silleta de anea, nos apostábamos a alimentar nuestra ‘ideología de travesuras’ en la inagotable fuente de conocimiento del abuelo. Incluso, alguna de aquellas noches eternas, el vecino, Antonio, gran erudito de la historia patria, doctor autodidacta en la dinastía de los Austrias, y etc, en compañía de sus retoños y esposa, se apuntaban a la refresca nocturna. El vecino solía derivar la charla, premeditadamente, hacia sus erudiciones ‘austríacas’. Rollo ‘cansino-cultureta’, y tal. Se internaba en sus dominios y no tenía medida ni control, se cegaba de tal manera que el apelativo de cansino, aún por inventar, se quedaba ridículo: ¡te reventaba! Entre tanto el abuelo aumentaba el ritmo de ‘meneo’ de las rodillas. Inequívoco indicador de que se estaba empezando a rebasar el límite de su paciencia. El motor que ponía en marcha su geniazo empezaba a notarse en su rostro, sobre todo en su voluminosa narizota que adquiría la tonalidad del pimiento al rojo vivo. Nosotros, conocedores de aquella ‘válvula de presión’, entre risillas y codazos, ya no atendíamos al cansino histórico, nunca mejor dicho, sino al ‘vapor’ del abuelo. Y nunca nos defraudaba:

-¡ANTONIO! -soltaba a bocajarro el viejo- mira lo que te vi a decir, ¡¡TIRA A TOCARTE EL CAPULLO PORÁHI YA!! Tira pa tu casa, cansao, que eres un pessao, y déjanos tomar el fresco en paz… tío cansao el tíoelcapullo.

Ya te digo, el abuelo nunca nos defraudó. Sabía perfectamente lo que necesitaba una mente infantil: alimentar su imaginación. Y fue entonces, tras la retirada de aquel buen hombre y su prole en estampida, Antonio el plasta -no sé si sigue vivo, en todo caso, vaya mi más sincero abrazo para ti y tu familia-, un buen hombre pero cansino como él solo, cuando nos relató el abuelo la historia del ‘Nino Nanetti’

“El Nino Nanetti”: Un palacete de los años veinte, creo, estilo modernista, creo, a nosotros nos daba lo mismo, destinado a servir como residencia-refugio para el sumo pontífice durante la contienda mundial, que nunca acogió entre sus muros de piedra inmaculada las ‘dudas’ del papa Pío XII sobre su cuestionable ‘neutralidad a favor’ del eje fascista. Cosa rara llamar a un palacio papal con el nombre de un consumado comunista, ¿no? (Nino Nanetti’: comandante de milicias durante la guerra civil española. Dirigente de las Juventudes Social-Comunistas italianas). Más misterios por resolver. En todo caso, la historia del abuelo relataba unos espeluznantes lamentos de ultratumba, ululantes presencias espectrales y chirridos de cadenas herrumbrosas al ser arrastradas por los misteriosos recintos del tétrico palacio. Fantasmas condenados al  mundo de los no-vivos, de los no-muertos, vagaban reclamando carne humana tiernecica… ¡uuuhhh!, la nuestra, claro. Contrariamente a lo pretendido por el abuelo: cagarnos de miedo, aquel relato alucinante excitó nuestra curiosidad haciendo de aquel caserón insulso una fortaleza por conquistar de inmediato. Pocos días más tarde, ya ultimada la estrategia para el asalto, llegaron unos aguafiestas a derribar el palacio. Las brigadas municipales de Pozuelo y una voladura controlada hicieron escombros el caserón, dejando una batalla de la imaginación por resolver. Pero sabéis, justo un instante antes de la voladura, oímos un grito desgarrador emergido desde un mundo paralelo, que nos heló la sangre y hasta las playeras: – ANTOOONIO, ¡TIRA A TOCARTE EL CAPULLO YAAAA!!!… Cosas de ultratumba, creo.

Saludos para casi tod@s.

Nota del autor: No he podido encontrar ninguna imagen del mencionado palacete, si algún lector dispone de alguna, le agradecería inmensamente me la hiciera llegar. Gracias.

*”Relato-ficción basado en vivencias personales del autor” 

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